
LA FOTO QUE ME HIZO PELOTA
La democracia cumplía diez años y yo, como muchos, la contaba con los dedos manchados de tinta escolar y una colección de papeles de carta que solía intercambiar con mis compañeras de grado. En ese tiempo, Newell’s ya había obtenido cinco campeonatos, en un contexto sórdido, techado de carpas blancas docentes, leyes de impunidad y héroes de la tercera edad.
Las conversaciones en casa eran circunstanciales; la cruel realidad generaba descontento y, creo, fue en eso lo poco en que mis padres estuvieron siempre de acuerdo antes de separarse. Sin embargo, al margen de la desolación política, un excedente de algarabía popular soslayaba esos diálogos.
A ellos no les interesaba demasiado el fútbol, pero a mí sí. Mi padre, a diferencia del resto, jamás se atrevió a vestirme con algún color, mientras que mi madre —habilitada por el desinterés ajeno— fue lo suficientemente ávida como para que mi abuelo y mi tío transmitieran su pasión.
Era septiembre, y la noticia, sin tiempo para convertirse en rumor, se volvía realidad: Maradona, el dios del fútbol, se había convertido en un nuevo refuerzo de Newell ‘s.
Lejos de repeticiones abusivas, datos sin sentido y opacidad de relatos televisivos, todo aconteció bruscamente. Tanto fue así que miles de personas acudieron a palpitar la primicia en vivo.El 13 de septiembre de 1993, un estadio colmado de hinchas aguardó por su primer entrenamiento.
Aún conservo intacta una fotografía “original” del Diez “con la nuestra”. Una verdadera reliquia: una imagen sepultada por la mirada temporal. Pero esa foto —mi foto— dista de todas. Porque, más allá de su revelación, es inédita y propia. O, en todo caso, por aquel entonces, el de todos fue, por un rato,uno de los nuestros.
Su llegada al club del Parque de la Independencia olía a entelequia deportiva y a trofeos consumados: un triunfo que prescindió de victorias y clasificaciones para su coronación.
Con mis incipientes diez años no necesité nada que ratificara lo acontecido. No había réplica ni recortes de diarios incoloros: sólo hacía falta contemplar esa fotografía.
No bastaba con verla: había que mirarla. Si solo la hubiese visto, la imagen no habría mostrado otra cosa que un buen atleta con la camiseta roja y negra. Pero mirar a Maradona en la “Lepra” saturó de sentido mi percepción.
Mirar esa fotografía sublime, cercana, única, desvelaba y exponía, a su vez, el orgullo de mi abuelo como hincha y la lucha social de mis padres.Porque Maradona nunca debió ser visto: siempre debió ser mirado.
Esa foto es la mirada de la ubicuidad en la memoria colectiva —o en mi memoria—, no lo sé.
El tiempo pasó. Diego se fue de Newell’s, el país implosionó y yo crecí.
La única intacta fue la foto. En casa, salvo por los sucesivos mundiales, los relatos futboleros seguían sin dar resultados.
Más de una década pasó desde aquel septiembre de 1993 y, en un contexto aliviado pero aún plagado de secuelas —traducidas en ollas populares—, las charlas con y entre mis padres oscilaban entre el desparpajo y la algarabía.
Un ignoto y prematuro presidente sureño había ordenado bajar los cuadros de los genocidas de la última dictadura. El acontecimiento no se trataba meramente de “una solicitud presidencial”, sino —como decía mi madre, con un gozo descarado—: “fue expresamente, y les hizo bajar el cuadro a los propios milicos”.
Ellos no podían creerlo, como yo, cuando tenía diez años, jamás presumí tener la foto de Maradona con los colores de mi club.
Sin embargo, en aquella época —ya adentrada en mi adultez—, esa fotografía que parecía indemne fue interpelada por los cruces de mi militancia feminista y dejó de recibir ofrendas.
El dios del fútbol mundial no había sido empático con determinadas mujeres, y me declaré abiertamente atea futbolera. No solo lo pensaba: también lo profesaba.
Entretanto, nunca me atreví a tirar, pintar, cortar o regalar la foto. Estaba ahí, en el cruce entre la ampliación de derechos y la apertura de los juicios por crímenes de lesa humanidad.
Quince años pasaron y, reflexionando sobre los archivos del andar maradoniano, observando cómo “la jugó”, comencé mi proceso de conversión.
El Diego me la dejaba picando, y el 29 de octubre de 2019 yo sabía que volvería a la cancha de Newell’s, ahora como DT del equipo visitante.
Fue la única y última vez que lo vi. Ya no como en la foto, ya no como la niña, ni tampoco como la feminista impoluta.
Porque, como manifiesta Fernando Vásquez Rodríguez, “es en el mirar que se desencadena un campo de batalla: de una parte se intenta invadir, penetrar con la mirada, y de otra, resistir, aguantar, sostener la mirada. Al mirar entramos en un campo de mirada de fuerzas”.
Y es en ese terreno, en ese anclaje de miradas discordantes, que un año y un mes después de aquel encuentro, la mirada de lo imposible aconteció: la Parca, con una rabona silenciosa, dejó un país en vilo y un mundo atónito. Dios ha muerto.
Luego de la noticia, abrí el cajón para exhumar la mirada de esa fotografía. Para no perder la singularidad del instante desde y cuando había sido tomada. Para retornar, al menos por un rato, a la inocencia de esa niña que aún no había nacido durante la dictadura; que conservaba retazos de noticieros sobre la marcha de los jubilados; que, con sus nacientes tres años, vivió —pero no palpitó— ni la mano de Dios ni los barriletes cósmicos.
Abrí el cajón y volví a la fotografía para educar al ojo a no caer en la complicidad del olvido.