
EL MURCIÉLAGO QUE ALZÓ VUELO EN PIEDRA BUENA
David Peralta creció en Comandante Luis Piedra Buena, un pueblo tranquilo y pintoresco de Santa Cruz, donde el deporte y los sonidos del entorno se convirtieron en sus guías para habitar el mundo.
A los cinco años, tuvo un accidente mientras manipulaba una granada sin explotar. Estaba acompañado de un amigo y su hermano, quien intentaba desarmarla sin saber el peligro que corrían. La explosión fue inmediata, David perdió un ojo en el acto y el otro siete años más tarde. Su hermano, lamentablemente, perdió la vida en el acto.
Durante ese tiempo, vivió entre cirugías y controles en Buenos Aires y Río Gallegos. Fue operado más de veinte veces hasta que finalmente le informaron que no podían hacer nada más por su visión, y de alguna manera sintió alivio. En aquellos años, David recuerda que fue fundamental el acompañamiento familiar, de sus amigos y docentes.
En el transcurso de su infancia y adolescencia, el deporte estimuló su sentido del espacio a través del sonido, lo que le permitió desarrollar una habilidad crucial: la ecolocalización. Esta facultad, que consiste en percibir el entorno mediante los sonidos que lo rodean, hizo que pudiera orientarse y moverse con mayor autonomía, marcando una diferencia fundamental tanto en su vida cotidiana como en su desempeño deportivo.
La posibilidad de crecer en un lugar chico le dio la oportunidad de practicar variadas actividades al aire libre en espacios seguros, abiertos y con poco tránsito. David recuerda las carreras en bicicleta siguiendo el sonido de un cartón en la rueda de un amigo, las bajadas en kayak y los torneos en el patio de la casa de su viejo.
Y un poco por casualidad y otro por revancha, apareció el fútbol como sinónimo de diversión. Su talento lo llevó a ser parte de Los Murciélagos, la Selección Argentina de fútbol para ciegos, con la que disputó dos Juegos Paralímpicos, dos Mundiales y tres Copas América. Hoy preside la Federación Argentina de Deportes para Ciegos (FADeC) y es una figura clave para el deporte adaptado en el país.
Más allá de su historia, David nunca se pensó como un ejemplo inspirador aunque para muchas personas de su pueblo lo es. Su discurso no sólo se basa en la experiencia personal sino también en un leal compromiso con una causa que hoy cuestiona y atiende como deportista, y desde la presidencia:
“Como todo lo que pasa en la sociedad en cuanto a la discapacidad: se hace, se hace, pero de fondo no se toca nada.”
Desde ese lugar reflexiona y responde a esta entrevista, donde entiende al deporte como “el elemento de transformación por excelencia” para personas con discapacidad.
¿Cómo fue crecer en Cmte. Luis Piedra Buena y de qué manera influyó el entorno en tu relación con el deporte?
Crecer en Piedra Buena fue criarme en un lugar lleno de oportunidades porque, si bien en cuanto a lo educativo no había mucho conocimiento, me encontré con un entorno empático supongo a raíz de haber adquirido mi ceguera a través de un accidente muy traumático. La verdad es que mucha gente me trató de manera especial, sin dudas sentí eso toda mi niñez.
En cuanto a lo deportivo, la contención familiar fue importante porque me impulsó y animó a hacer de todo y así encontré en un lugar chico un entorno propicio para hacer cualquier cosa. Mucha vida en espacios al aire libre, y el hecho de que hubiera poco tránsito, ayudó a que pudiera desarrollarme: desde andar en bicicleta por la calle, hacer náutica con mis viejos hasta andar en trineo en invierno.
Siempre hice diferentes actividades al aire libre y en espacios seguros. Eso es lo que tienen los espacios grandes, no hay nada para que te choques y podés manejarte sin peligro.
En las clases de Educación Física de la escuela los profesores siempre me incluyeron dentro de lo que podía hacer; entonces realmente pude desarrollar mis habilidades deportivas. Cuando llegué al deporte ciego de mucho más grande tenía todo un sentido de ecolocalización, de ubicación y entorno en el espacio, que hizo que en ese momento me ayudaran un montón, no sólo en el deporte sino además en las actividades cotidianas. Eso marca la diferencia con otras personas ciegas que no han tenido la posibilidad de practicar deporte en edades tempranas.
¿Cómo y cuándo perdiste la visión?
Tuve un accidente a los cinco años manipulando un explosivo, una granada que estaba sin explotar en su totalidad. Estaba con un amigo y mi hermano, que era el que la estaba queriendo desarmar. Explotó y ahí las esquirlas me lastimaron mucho los ojos, uno lo perdí en el momento y el otro siete años después.
En ese momento, ¿el deporte fue tu sostén?
A los doce años me quedé ciego totalmente, después de muchos años de tratamientos médicos sin lograr buenos resultados. Me hicieron dos trasplantes de córnea en un ojo y quedó clínicamente complicado, así que durante siete años viajé constantemente a Buenos Aires para atenderme con los médicos de allá y además me hacía controles una o dos veces por semana en Río Gallegos. El otro lo perdí en el momento del accidente.
A esa edad me dijeron que no había nada más que hacer por mi vista y sentí alivio porque no tenía que viajar más ni alejarme de mi familia; cada vez que me tenían que operar me daba terror, hoy tengo más de veinte operaciones hechas.
Ya hacía muchos años que veía muy poquito, tener visión luz o no tenerla era básicamente lo mismo en cuanto a mi vida y desarrollo, aunque me sacaba dos grandes problemas de encima: expectativas e ilusiones. Se te va rompiendo la ilusión a cada rato cada vez que clínicamente vas para atrás, que es lo que básicamente me pasó durante esos siete años.
A partir de ahí, tenía las cartas que tenía y eran sólidas y con eso había que hacer algo. Me sostuvo mucho hacer cosas que me gustaban, dentro de eso estaba la música, el deporte, mi grupo de amigos, el poder encontrar la felicidad prestandome atención y el buen apoyo de mi familia. La sobreprotección nunca nos ayudó a las personas con discapacidad.
¿Nos podés contar acerca de tus primeras experiencias jugando al fútbol o participando en actividades deportivas en tu pueblo?
Recuerdo haber hecho bajadas de kayak cada 10 de agosto, en conmemoración al día en que falleció Luis Piedra Buena.También participé en carreras de bicicleta siguiendo a un amigo que iba pedaleando adelante y poniamos algún cartoncito o algo para que haga ruido o en los rayos de la rueda de atrás para que yo lo siguiera con el sonido.
Inclusive cuando tenía un resto de visión hubo un tiempo que hacía carreras de bicicletas en el patio de mi viejo. Venían todos los chicos del barrio y teníamos como un campeonato todos los fines de semana. ¡Era muy divertido!.
El circuito que usaba en el patio de la casa de mi papá tenía referencias visuales: un árbol y una chapa que veía por el reflejo de la luz. En ese momento, veía muy poquito y usaba referencias para llegar a los obstáculos. Yo sabía que al lado del árbol que alcanzaba a ver desde lejos había un salto, pero ese salto… ¡recién lo veía cuando estaba a medio metro! (se ríe). Pero bueno, conocía el lugar y eso me permitía andar en bicicleta.
Después, mis primeros pasos en el fútbol fueron un poco por casualidad y un poco por revancha. Yo era parte del equipo Para-Ecuestre Nacional, hacía equitación y había obtenido una plaza para ir a los Juegos Beijing 2008. Había un argentino que tenía una marca mejor que la mía y él desiste ir porque se le había complicado; me hubiera correspondido ir a mí aunque desde la federación nunca me avisaron.
Cuando me enteré me enojé mucho y pensé en hacer algo para divertirme y sacarme de encima lo que sentía, ya que intuía que había mucha mala onda alrededor. No era de mi parte ni con la actividad o la entrenadora sino celos y egoísmos de parte de otras personas, que eran las que manejaban ese deporte en aquel momento.
Entonces empecé a jugar para divertirme, nunca había hecho fútbol de ciegos y un día fui a un entrenamiento de Los Murciélagos, me tiraron una pelota y los profesores me dijeron: “en serio nunca jugaste a la pelota”, “que bien que conducís”. Me explicaron un poco y ellos mismos me manifestaron “la verdad que tenes un montón de condiciones, anotate en algún club”.
Me recomendaron el equipo de fútbol del Román Rosell, que es el único instituto nacional para rehabilitar personas ciegas, el “templo del deporte” le decimos porque muchos deportistas salieron de ahí, ya que es un lugar que genera un montón de actividades para personas ciegas y tiene buenos referentes.
Todo el 2008 jugué para la liga del equipo y, a finales de ese mismo año, me convocaron para la selección. Desde ese momento no me bajé más durante nueve años, participé de todos los torneos oficiales que jugó el seleccionado y después integré el plantel grande de Los Murciélagos hasta fines del 2022, pero ya no viajé.
No lo había soñado nunca y terminé jugando dos Juegos Olímpicos, dos Mundiales y tres Copas América.
La percepción del “deporte adaptado” es multifacética. Por un lado, se reconoce la importancia del deporte adaptado para la inclusión y el bienestar de las personas con discapacidad, pero también se plantea la necesidad de reevaluar el término y buscar formas de promover la igualdad y la inclusión en el deporte para todos. ¿Cuál es tu posición al respecto?
El deporte para personas con discapacidad es el elemento de transformación por excelencia, en cuanto a cómo dignifica a la persona, la hace crecer y sentirse valorada con la práctica y los avances. Sin embargo, falta un montón para que realmente sea igualitario.
Si bien en algunas cosas estamos igual que en el deporte convencional, es como todo lo que pasa en la sociedad en cuanto a la discapacidad: se hace, se hace pero de fondo no se toca nada. Seguimos siendo el último orejón del tarro en un montón de cuestiones, por ejemplo en el acceso a la educación y a las herramientas, cuando hay un montón de leyes que están muy bien hechas pero mal reglamentadas o caen en desuso porque no se cumplen; muchas personas ni siquiera tienen un fácil acceso a la justicia.
Entonces, las obras sociales terminan siendo administradoras de amparos y no dan la cobertura ni las prestaciones básicas. Por ejemplo, todo el Comité Paralímpico Argentino (COPAR), desde el Ente Nacional de Alto Rendimiento (ENARD), tiene el mismo presupuesto que tiene una sola actividad del Olímpico Comisional y, ese mismo presupuesto para un montón de actividades y federaciones es lógicamente más chico.
¿Se entiende?. Una sola actividad olímpica ocupa el mismo presupuesto que tiene el COPAR para distribuir o redistribuir entre todos sus deportes paralímpicos. No tienen obra social los becados del ENARD paralímpicos cuando los olímpicos sí, eso es claramente una gran desventaja y una clara diferencia en algo tan simple como es la salud de un deportista.
Falta un montón todavía, hay que seguir conquistando y abriendo puertas para lograr una inclusión real.
¿Cuánto de tu historia personal influye en tu trabajo para la FADeC?
Todo influye, el haber hecho deporte y hoy estar presidiendo la Federación Argentina de Deportes Para Ciegos me traspasa muy fuertemente porque siento que estoy obligado, por una cuestión de equipo, de conciencia y de formación en el alto rendimiento.
Tenemos esa idea de que si uno entrena y al día siguiente no le duele, siente que no entrenó. Por eso, el compromiso con el esfuerzo es tan fuerte, especialmente en relación a lo que buscamos con la federación, que es estar siempre presentes con nuestros atletas. Damos el 110 por ciento porque trabajamos para nuestro equipo y amigos.
Hoy tenemos cinco equipos paralímpicos, siete selecciones y estamos fomentando otros deportes en desarrollo. Además trabajamos para un grupo minoritario que tiene que tener una especial mirada de nuestra parte porque entendemos la coyuntura y las necesidades que existen.
Influyen un montón las experiencias personales, el haber sido atleta y hoy estar trabajando por y para el deporte. Considero que la FADeC es de los deportistas.
¿Cómo viviste y pensás el fútbol?
El fútbol siempre me pareció completo, difícil y estresante porque tenés que prestar mucha atención a un montón de cosas al mismo tiempo: tres llamadores en la cancha, tus cuatro compañeros de campo y otros cuatro que te marcan más el sonido de la pelota.
Al mismo tiempo que llevás la pelota con movimientos de pie a pie, el deporte te exige una enorme tensión mental por la cantidad de variables que hay que resolver en simultáneo. Todo sucede muy rápido: hay que responder de forma instantánea a las instrucciones de los guías, mientras los rivales también juegan, te marcan, se anticipan con la voz y vos tenés que reaccionar rápido.
No sólo se trata de seguir indicaciones sino además de tomar decisiones propias en fracciones de segundo, incluso eligiendo muchas veces caminos distintos a los que te sugieren. Constantemente estás manejando cuatro, cinco o hasta seis referencias al mismo tiempo, que tenés que organizar y resolver para poder ejecutar correctamente lo que tenés que hacer.
El cerebro filtra los sonidos y se queda con los importantes. Siempre me llamó la atención cómo podemos entre tantos gritos, escuchar sólo la voz del técnico, la del llamador y filtrar todo el resto.
David Peralta aprendió a volar con el viento santacruceño, guiado por el eco de los sonidos que transformó en su brújula.
Su historia nos recuerda que las verdaderas luchas van más allá de las buenas intenciones.