
KEMPES, MUY ACÁ Y MUY ALLÁ
Kempes anda acá y allá. Acá es poco. Allá es poco. Muy acá y muy allá. Muy acá, en el área rival, porque es delantero, goleador, aprovechador de centímetros cuando se sabe hacer goles, dueño del aire que hay arriba del aire cuando se sabe cabecear, maestro de tener fuerza cuando se sabe confrontar y superar a quienes también tienen fuerza, geómetra de los espacios desocupados cuando se sabe que el fútbol es un juego que requiere navegar hasta los espacios desocupados para desembarcar en un momento que no sería buen momento ni antes ni después. Muy allá, de verdad que muy allá, donde se supone que no reina o no le toca. Muy allá: en el área propia y para lanzar un saque de arco. Conviene asentarlo de nuevo: en el área propia y para lanzar un saque de arco. Nadie lo comprende del todo, pero Kempes es todo. Todo es poco: más que todo. Nadie lo comprende con nitidez y eso que lo enfoca buena parte de los habitantes del planeta. Muy acá y muy allá: en las dos áreas. Muy allá y muy acá Kempes, desplegando esa osadía, con los pelos morochos y extensos gobernando a los vientos, con las nubes rendidas frente a su energía, con los adversarios igual de rendidos frente a su energía. Mucho Kempes, siempre Kempes. En los partidos que son cualquier partido. Y en la final del Mundial.
Muy acá y muy allá Kempes en la final del Mundial, en el estadio de River, en 1978, el 25 de junio, con la camiseta argentina, con la número 10. Porque, en la final del Mundial, vuelto un tren, vuelto todos los trenes de la Tierra, Kempes tumba o elude las estaciones anaranjadas que son los muchachos holandeses. Tumba lo que se le pare enfrente, desde luego, abajo de esas nubes rendidas frente a su energía, y, entonces, imparable Kempes imparable, no sólo mete dos goles –el primero entre los sueños del primer tiempo, el segundo entre las tensiones del suplementario–, no sólo traza bicectrices con Bertoni para que Bertoni asegure el tercero, sino que retorna rumbo a su propia área, otra vez en el suplementario, en ese instante en el que a los humanos que son cracks pero cracks humanos se les acaba la posibilidad de darles órdenes a la piernas, y no retorna para conversar con el campeón del arco que es el Pato Fillol o para felicitar a sus defensores que vienen edificando un partidazo. No: Kempes es Superman. Superman y todos los que alguna vez se imaginaron que son Superman. Superman y todos los que se pellizcan en las tribunas porque comprueban pero no entienden cómo Kempes, Kempes, Kempes, concentra la potencia entera del universo entero, vulnera las fronteras del cuerpo y de lo creíble, mueve sin agotarse sus pelos infinitos, intuye el agotamiento de los propios y de los ajenos, ejerce en la final del Mundial lo que guarda aprendido desde los campitos de su pueblo, su Bell Ville entrañable, agarra la pelota con las manos, la aplasta contra el vértice del área chica, tan muy allá como tan muy acá, y -delantero, goleador, autor de dos conquistas en esa final del mundo- afila la zurda para sacar del arco con una furia que manda a esa pelota hasta la otra mitad de la cancha.
¿De qué está hecho Kempes? ¿Cómo puede sacar del arco si su tarea en el fútbol es lustrar las redes contrarias y provocar el grito de las multitudes? ¿Cómo puede sacar del arco si a nadie en ningún rincón de ninguna geografía de fútbol se le ocurriría que ese gesto es lo que le corresponde? ¿Cómo puede atreverse a eso, descarado, loco, inclasificable, en la final del Mundial? ¿De dónde extrae su condición invencible Kempes, el de muy acá y muy allá, Mario, Marito, el cordobés, El Matador, el autor de seis goles en ese Mundial y eso que en la rueda inicial no embocó ni uno, el que luce en el Valencia, el que se modeló en Instituto, el que en ese Instituto impresionó tantísimo al punto que el Negro Fontanarrosa les indicaba a los amigos que resultaba imprescindible llevarlo a Central, el que –no por la intuición de Fontanarrosa aunque Fontanarrosa se jactaba por su anticipo– llegó a Central y sembró con golazos y con goles ese tramo de su trayectoria, el que iba a regresar a la Argentina vestido de River pero eso ahora es lo de menos porque lo de más, lo de mucho más, consiste en que, muy allá. tan convencido como si galopara muy acá, aplasta la pelota en el vértice del área chica y saca del arco?
Nada argumenta por completo quién es Kempes. A pesar de que los libros de historia anoten que se trata de la luz entre las luces de un Mundial que merece ser narrado por sus luces y, por cierto, por sus oscuras y horrendas telarañas políticas. A pesar de que el Flaco Menotti, su entrenador en ese Mundial, desmenuzó, también con luces encantadoras, al Kempes de ese fútbol capaz de abarcar el muy allá y el muy acá. A pesar de que las filmaciones de su actuación en la final contra Holanda develan que ni Superman se hubiera animado a tanto. Nada argumenta a Kempes porque no existen ni sabios del fútbol ni filmaciones del fútbol que abarquen a Kempes, al Kempes de cada cita sobre el césped, al Kempes sublime de la final, de pelos morochos y extensos, de tren que tumba estaciones anaranjadas, de dos goles, de aquellas bicectrices con Bertoni, de ser campeón del mundo.
Nada argumenta por completo quién es Kempes. Lo más cerquita es asumir que, a veces, la vida es un horizonte de fútbol donde ocurre lo imposible. En ese horizonte, Kempes perdura, mientras las nubes se siguen rindiendo frente a su energía, muy acá y muy allá.