
VOCES DE ISIDORO BLAISTEN
Ustedes saben que con la palabra «jamás» se exagera. Inclusive, bastante seguido se pronuncia «jamás» para cuestiones que, a lo sumo, merecen un «a veces». Sin embargo, cuando el más amigo de nuestros amigos de River desembarcó con aquella Revista Humor de fines de 1980 y nos mostró la entrevista de Mona Moncalvillo a Isidoro Blaisten, nosotros, sinceros, contestamos «jamás». Jamás, de verdad que jamás, habíamos oído hablar de Isidoro Blaisten.
Claro que el más amigo de nuestros amigos de River no estaba especialmente atento a Blaisten sino a una frase de Blaisten en la que, al pasar, aludía a River.
«¿Vieron lo grande que es River?» nos dijo, sin mencionar pero haciendo sentir que nosotros, sus amigos que no éramos de River, no estábamos a su altura. «Miren lo que dice este hombre, un gran escritor». Lo leímos. Así decía: «Pero qué querés, en un país donde hay un estafador que te dice ‘devolveremos hasta el último céntimo’, y te llena la cancha de River con todos los acreedores».
Dos cosas nos asombraron: una, que un tipo afirmara eso en el país de la dictadura; dos, jamás haberlo sentido nombrar. Por la audacia de lo primero y por la culpa de lo segundo, lo buscamos.
Lo buscamos, lo encontramos y no lo soltamos jamás.
Oriundo de Concordia, Blaisten no sólo era «un gran escritor», como había anticipado con orgullo el más amigo de nuestros amigos de River. Además, de tanto en tanto, enhebraba unas líneas con fútbol, como si alguien le hubiera avisado que a nosotros, sus nuevos lectores, en el fondo y no tan en el fondo, nos tentaban más las canchas que los libros. El mundo, está claro, es una colección de buenas y de malas complicidades: entre las buenas, intuíamos, estaba esa invisible y mayúscula que nos ataba a Blaisten y que verificábamos en cada una de sus anotaciones futboleras.
Fue así, siempre cómplice, que Blaisten nos enseñó que en el universo nunca pasa una sola cosa. Cuando la Argentina -y buena parte de la humanidad- clavaba la vista en el Mundial 78, el tipo avisó que ocurrían circunstancias casi tan interesantes, igual de interesantes, hasta más interesantes. Lo apuntó desde la óptica que le concedía atender su librería: “Por ese entonces, pasadas las siete de la tarde, comencé a notar algo muy extraño: mujeres solas, vestidas como para salir, pintadas, que deambulaban por la galería desierta y se detenían frente a las vidrieras apagadas y continuaban su ronda por los negocios sin nadie. Era muy curioso porque en esos días, precisamente, la galería estaba más desierta que nunca, los locales se cerraban a las cinco y los dueños y los locatarios corrían a su casa a sentarse frente a los televisores a mirar los partidos. Sólo yo quedaba en la galería. Mi negocio irradiaba luz (porque en eso yo era muy estricto) y, poco a poco, tarde o temprano, las mujeres dejadas solas entraban en mi librería. Es notable lo que puede llegar a contar una mujer dejada sola durante un mundial de fútbol, junto a la mesa de una librería perdida”.
O sea, lección para la eternidad: al costado de las grandes historias, hay más historias, quizás grandes. Hacen falta ojos para enfocar y, si es posible, dedos para narrar esas otras historias. Demasiado se extraviaría sin aprovechar a los ojos y a los dedos para contar tanta vida.
Prolífico Blaisten, que publicó poquito de su mucha poesía, hizo visible a su única novela –Voces de la noche (2004), fascinante- bien adulto y, en el medio, desparramó letras gloriosas en una suma de libros de cuentos a los que es imposible jerarquizar porque no vale la pena olvidar ninguno. Para el más amigo de nuestros amigos de River, en la cumbre andaba Dublín al Sur, de 1980. Para su madre, buena lectora, Cerrado por melancolía (1982) traía, por lejos, lo mejor. Futboleros nosotros, en una noche de descubrimientos literarios, nos descostillamos con las picardía de «A mí nunca me dejaron hablar», fiesta de chispas y de trampas, en la que el fútbol sirve para explicar, en más de un párrafo, en qué consiste un acto de seducción. Por ejemplo, en este: «Ahora quiero decirles cómo era ese algo que yo vi en los ojos de la Zule. Primero fue una mirada de los ojos así, corta y rápida. Los que hayan jugado alguna vez al fútbol saben lo que es un pase corto. Saben cómo se pide cuando uno está marcado de cerca. Como era antes, cuando la pared era la pared en serio, cuando se jugaba en la calle».
Hay un cuento, «En un domingo oscuro», en el que Blaisten describe así: «Y, en algún lugar, en alguna radio, la voz afónica que transmitía un partido de fútbol. En el silencio la voz sonaba irreal.
Hay otro cuento, «La salvación», en el que marca ritmos así: «Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos». Y hay otro cuento, «Príncipe de los vikingos», en el que enmarca así: «El contratista Filipussi gritó como si estuviera en la cancha: ‘Nos pica el bagre, señora Paulina’, y todos se rieron».
En esas y en más oraciones con ecos de gol, nosotros supimos y hasta creímos que Blaisten nos estaba haciendo un guiño. Y eso que nunca lo miramos de cerca y nunca nos dimos -o nos daríamos- el gusto de cruzar un «buen día» con él. De todos modos, hay vínculos extraordinarios que no necesitan ni eso.
De que el guiño era seña completa nos convencimos durante la mañana en la que el diario La Nación editó un artículo de Blaisten. «Apuntes sobre el lenguaje de los argentinos», se llamaba. Los eruditos del grupo, encabezados por el más amigo de nuestros amigos de River, aseguraron que ese texto continuaba a uno de Roberto Arlt titulado, precisamente, «El idioma de los argentinos». Pero Arlt, en el suyo, apelaba al boxeo. Y Blaisten (que tiene boxeo en un poema para Gatica: «Se tomó un colectivo/ y se bajó en la muerte./ Se dejó olvidado/ un arlequín pequeño»), gesto entre los gestos, al fútbol: «Ese mismo maestro nos había enseñado que no debíamos decir fútbol sino balompié. Esta expresión nos causaba gracia y por eso nosotros seguíamos diciendo fútbol, o fulbo, y si nos queríamos hacer los cultos, fóbal. Decir fulbo era de ordinarios, pero decir fóbal era de finos. Lo que hoy es el zaguero se llamaba antes fullback, pero para nosotros era el fulbá. Y como había dos, eran los dos fulbás. Lo único más o menos parecido al inglés era el centroforward. Y el off-side, lo que hoy denominamos ‘posición adelantada’, era para nosotros el orsái. Esa palabra eterna que Homero Manzi hizo inmortal en las estrofas del tango: ‘Si el alma está en orsái, che bandoneón’. Esta palabra orsái quedó y quedará en el habla natural de Buenos Aires. Quiere decir que uno está descolocado, fuera de lugar, y a veces para siempre».
Conocemos gente que ese día aplaudió de admiración a Blaisten en público o en secreto. Nosotros, los del futbol, lloramos de gratitud.
Irónico, inteligentísimo, entretenido de punta a punta, conductor de historias que nacen en el absurdo y llegan a todas partes, poético al mango, mordaz y tierno, Blaisten murió el 28 de agosto de 2004, justo el día en el que Argentina salía por primera vez campeón olímpico de fútbol.
Unos años después, charlábamos sobre los lazos entre fútbol y literatura con el más amigo de nuestros amigos de River. Nos escuchó un muchacho que tenía una edad que debía ser la nuestra aquel día del episodio de la revista Humor y nos mostró Y el fútbol contó un cuento, un libro compilado por Alejandro Apo. Se lo notaba más que entusiasmado enarbolando su ejemplar
-Léanse «A mí nunca me dejaban hablar», de Isidoro Blaisten. Es una genialidad, ese tipo es un crack. No se lo van a olvidar jamás.
Los dos nos entendimos enseguida. Y pronunciamos, esta vez sí, la palabra en su dimensión exacta.
Jamás.