Semilleros
LA RECOVA O DONDE ENZO FERNÁNDEZ PRENDÍA LA LUZ

LA RECOVA O DONDE ENZO FERNÁNDEZ PRENDÍA LA LUZ

El Club Ameghino gana 3 a 2 en su cancha de Santos Lugares por el torneo de verano. Al partido cada vez le queda menos. Un pequeño que no llega al lustro de vida no disimula sus ganas de ingresar al campo.

—Quiero entrar, quiero entrar.

Wilson Correa, entrenador de La Recova, duda. Sabe que la diferencia de edad puede perjudicar al joven: el partido es de la categoría 99, mientras que el pibe nació en el año 2001. 

—Últimos dos.

El grito del árbitro sugiere que se puede realizar la última modificación, por lo que Correa se decide y permite que el purrete debute. Una vez adentro, pasa con inteligencia la mitad de la cancha, lo asisten con un pase por derecha, desborda y define cruzado. Tres a tres. La Recova no pierde.

—Hace diez minutos que me decía que tenía ganas de entrar. 

En el primer partido en el club de barrio en el que juegan sus hermanos, Enzo Jeremías Fernández demuestra, con 4 años de vida, que no necesita mucho tiempo para hacerse grande.  

ESTE TEXTO FORMA PARTE DE SEMILLEROS, CONSEGUILO ACÁ.

Círculo de amigos

En la cuadra Almeyra al 2500, Villa Libertad (San Martín), cerca de la estación Tropezón de un tren que no va a Londres, en el noroeste del conurbano bonaerense, provincia de Buenos Aires, hay cuatro fletes con escombros y algunos tablones de madera depositados en la base de dos postes de luz. El colectivo 328 pasa de largo en una arteria de asfalto con manchones de empedrado, sin saber que a mitad de cuadra comenzó una historia inigualable, debajo de un cartel que tiene el lema “Nuestra historia nos hace grandes”. Es el club de barrio o, mejor dicho, el “Círculo de Amigos” La Recova. 

El lugar entrega a su geografía una cancha de fútbol 5, un playón con un arco dibujado y un buffet con cinco mesas vestidas con manteles de algodón lisos y naranjas, diez sillas y cuarenta y siete trofeos. Pero lo que más llama la atención es una camiseta N.° 13 de River encuadrada y un ráster adherido a una pizarra con fotos de un niño del club y la selección campeona en Qatar 2022, levantando el trofeo, con la frase “Del semillero de La Recova a campeón mundial”. 

Al lado de los alambrados unos pibes juegan contra el paredón. Un chico de no más de 3 años come chizitos y pide que alguien le diga dónde está su abuelo. Tiene una camiseta argentina, que en la parte de atrás dice “E. Fernández 24”.

***

—¿Qué es La Recova para vos?

—Somos como una familia. Venimos y damos nuestro tiempo gratis y porque nos gusta. Por amor al club —indica Giuliana Correa, coordinadora de fútbol, que ya lleva diecisiete años en el club. 

—Mi segunda casa. Me da alegrías porque vengo acá y comparto con todos los chicos, que los adoro —se sincera Lorena Fernández, delegada general, que conoce las paredes del club desde hace dos décadas. 

—Es el cable a tierra de todos los sábados y los días de entrenamiento. Fue el primer club que pisé y me enamoré —dice Wilson Correa, técnico de las categorías 2017 y 2018.

—Es mi vida, un sentimiento —resume Sergio Cóseres, presidente hace doce años de la institución. 

La Recova nació en diciembre de 1995, como un desprendimiento de un club cercano llamado La Carpita, luego de un “intercambio de opiniones”. El nombre no fue producto de un pensamiento ingenioso: el predio que consiguieron para llevar adelante el proyecto se llamaba de la misma manera y era una cancha de pádel, lo que se nota en las paredes verdes, algunas de las cuales tienen finalización en diagonal. Apenas llegaron armaron el baby fútbol, en todas las categorías posibles, que se juega aproximadamente entre los 4 y los 13 años. 

El deporte, lógicamente, remite a la cuestión social, barrial. “Tenés bastante gente que siempre anda por acá. Mi sobrino hoy no entrena y, sin embargo, vino conmigo al club. Lo tenés ahí pateando. Ya siente que es su familia y su club”, indica Giuliana Correa, y Wilson, su padre, opina similar: “El club es un tipo de familia. Se valora a los chicos y a sus familias que son la base. Es un colegio más. Si vos no estudiás ahí, no aprendés. Y si vos venís acá y no prestás atención, tampoco”. 

Hay una palabra clave en los entrevistados: pulmón. Todo de a poco, con más recursos humanos y morales que económicos. “No tenemos subsidios del Estado, recién estamos haciendo los papeles. Cobramos una cuota social a los nenes ($200) y después tenés las entradas que cobrás en las jornadas, gente que ayuda, o los DT, que los tenés los sábados vendiendo algo para los nenes”, comenta Giuliana. Cóseres agrega que de los $200, $150 son para pagar el seguro médico. 

El presidente plantea que la defensa de lo social juega un papel clave, pero que entra en cierta contradicción con la ambición futbolística de conseguir resultados: “No tratamos de que sea competitivo, sino social. De los vecinos y el barrio. Pero hoy es imposible. Se hizo muy competitivo todo, demasiado. No lo podés evitar”. No contraponer una cosa con la otra, no obstante, es lo que lleva a Lorena Fernández a decir, con lágrimas en los ojos, que con ella como delegada: “La 2000 fue seis veces campeona, la 2001, cinco, las 97, 98, 91, 90 también ganaron. Tenemos buenos categorías siempre”.

En los clubes de barrio, nacer es ser. No naciste en el 2000, sos 2000. El año del natalicio es una cuestión de identidad, de cientos de pibes que van a tener amistades o pelearse, a reír o a llorar, a seguir o a dejar, pero que siempre al lado tendrán a sus acompañantes. Debe ser por eso que, cuando Lorena me invita a que revise los trofeos, en el buffet brilla un cartel que dice “Las grandes obras de las instituciones están inspiradas en los soñadores locos y (son) disfrutadas por los felices cuerdos”.

Tranquilento

Enzo se para en la esquina. Córner. Mete la pelota en el área que, acto seguido, golpea el poste. El rebote le queda a Enzo, rápido de piernas y cabeza, que vuelve a rematar para hacer el gol. Todos festejan mientras él va corriendo a la mesa

¿Viste que el gol no valía y el árbitro me lo cobró igual? —le dice a Lorena.

No la había tocado nadie entre el tiro de esquina y la red. 

“Era un enano de 6 años y sabía el reglamento mejor que el árbitro”, comenta hoy Fernández, que califica al joven de su homónimo apellido como “un pequeño genio”. Lorena, Sergio, Wilson y Giuliana conocen al Mejor jugador Joven de Qatar 2022 desde que nació: la familia llegó al club a principios de siglo, por iniciativa de su hijo más grande, e hizo jugar a los hermanos de Enzo, conocidos en La Recova como “los Melli” (categoría 94). Enzo, nacido en 2001, empezó a caminar por la calle Almeyra en pañales. “Cuando lo conocí era bebé. Jugaban acá sus hermanos. Venía la mamá con ese pequeño que empezó a caminar corriendo la pelota y que a los poquitos años hacía cosas increíbles. Cómo paraba, la pisaba, se movía, quería jugar. En veinte años vi miles de chicos. No vi otro así”, indica la delegada general, que agrega: “No era un tema de que él hacía muchos goles, sino que hacía que el equipo juegue. Se paraba en el medio de la cancha, defendía, atacaba, todo”. 

Enzo salió cinco veces campeón con su categoría, además de jugar para quienes tenían un año más. “El espíritu de líder lo tuvo siempre. Le tocó jugar en la 2000, que era un año más grande que él, y era el capitán del equipo. Era un ‘miniadulto’: controlaba el juego y tenía mucha mentalidad. De entrada”, comenta Giuliana, que maneja las redes del club y sostiene que Enzo, al día de hoy, sigue la vida de La Recova interactuando con las publicaciones de Instagram. 

—¿En qué era diferente?

—Parece mentira que un jugador te puede ganar un partido solo. Enzo lo hacía —explica Cóseres. 

El presidente, además, cuenta que Enzo hace poco regaló una bicicleta marca Motomel para rifar en el club. “Era un gordito que usaba lentes”, ironiza y plantea que, por más que, por más cambios que traiga lo de Enzo, hay cosas que no se modifican: “Seguimos siendo los mismos, pero parece que tenemos más prestigio. La ventaja es que se suma mucha más gente. Nos cambió un montón al club a todo nivel, pero seguimos siendo las mismas personas humildes de siempre”. El vínculo con la familia, que sigue viviendo en la misma casa hace treinta y ocho años, va en la misma línea: “Tenemos todo tipo de contacto con la familia. No le pedimos nada a Enzo porque tenemos mucha confianza. Sus padres, Raúl y Marta, vienen a comer a mi casa y nosotros vamos a la de ellos. Yo particularmente no tengo ninguna remera, ni gorrita ni nada firmado por Enzo, porque a veces la amistad hace que no te pida nada”. Sí afirma el presidente que a veces le piden que firme remeras de Fernández, aclarando que es un representante del club. 

Giuliana dice que para los pibes esta situación tiene un valor incalculable. “A veces, en las discusiones con otros, los pibes de acá dicen: ‘En mi club jugó Enzo, en el tuyo, ¿quién?’”. Lorena recuerda, con un poco de nostalgia: “No le pesa ninguna camiseta, pero la naranja (el color de La Recova) es la que más linda le queda”. 

***

—Raúl Fernández, ¿no?

—Así es. 

El entrevistado tiene el mismo apellido que Enzo por una razón: es su padre. La conexión es facilitada por Cóseres, que envía el contacto que tiene como “Raúl Mellis”, porque antes de progenitor de un campeón del mundo es el papá de unos pibes del club. San Martín.  

“Estamos viviendo un sueño que era familiar. Sabíamos que iba a llegar. Desde chico siempre lo soñamos. Estamos realmente felices y orgullosos”. Raúl afirma que le cuesta hablar de su hijo, ese al que, según sus palabras, le pedían el DNI porque no podían creer que alguien tan pequeño maneje la pelota como la manejaba él. “Ya de chiquito me di cuenta de que estaba para grandes ligas. Ya tenía nociones de ubicación en la cancha. Sabía que pintaba para Primera”, recuerda Fernández, que relata una imagen nunca realizada: “Nunca se llegó a filmar, pero eludía a los cinco jugadores, al arquero, hacía el gol y salía con la pelota como para seguir jugando. Era como que los cargaba. Yo le decía que no estaba bien”. 

La familia llegó a La Recova porque su hijo más grande, categoría 87, había jugado un año, mientras Raúl cumplía funciones de delegado y técnico de un club más cercano a su casa: el Santa Teresita. Un conflicto particular los separó de esa institución, por lo que el segundo hijo (89) y los mellizos, cinco años más chicos, rumbearon para la calle Almeyra. Enzo tenía un mes y medio de vida. “Empezó a gatear, caminar, a colgarse del alambrado, ahí en La Recova”. Raúl, que empezó simplemente en su rol de padre, unos años después terminó siendo el técnico de la 2000. “Hacía subir a Enzo y así fue durante cinco años. A pesar de entrenar ya en River, yo lo hacía entrenar a la par de los demás. No tenía privilegios”, recuerda. 

El problema fue cuando Fernández hijo comenzó a jugar en Parque Chas, ya con River. Raúl no lo podía ver. Eso lo llevó a dejar de dirigir y comenzó una dinámica en la que Enzo jugaba partidos en los dos lugares, una dinámica de mucho esfuerzo, en sintonía con una situación general del club, que se había pasado de una liga a otra y tuvo que empezar jugando las divisiones menores. El esfuerzo por ascender que hicieron Enzo y sus compañeros se ganó adentro, pero se perdió afuera: una inscripción “trucha” hizo que el equipo no pudiera subir de categoría. Raúl se enojó. “Yo hablé con los directivos del club y les dije que había sido un año muy sacrificado para nosotros, por ese ir y venir constante, y ahora pasa esto, no sirvió para nada. Le dije a Enzo que nos íbamos de La Recova y que busque otro club para seguir jugando en el barrio”. Terminó jugando, entre los 11 y los 13 años, en el club José Hernández. 

La falta de sorpresa no le hace perder el orgullo, es cierto, pero Raúl, dice, siempre supo lo que supo. Y eso que supo es lo que pasó. “Que iba a llegar, iba a llegar, por las condiciones que tenía, la disciplina, la perseverancia”.

Raúl dice que a Enzo todavía le falta desarrollar más la velocidad con pelota y sin pelota. Él dice que, cuando juega, no ve a su hijo, sino que observa a Enzo Fernández. Recuerda que una vez, en Santa Fe, con las divisiones inferiores de River, un padre le comentó algo sobre Enzo sin saber que él era el padre. Le dijo: “Que buen jugador el 5. Qué buena técnica que tiene. Pero es medio tranquilento”. 

Luz

—¿No se daban cuenta?

—No. De hecho, se enteraron hace poco, porque lo conté en algunas entrevistas que nos hicieron.

Sergio Cóseres recuerda una época en la que el club tenía un problema: Enzo ya jugaba en Parque Chas y, a veces, había que esperarlo para arrancar los partidos. Los métodos para lograrlo no eran convencionales. “Lo llamábamos para ver cuánto iba a tardar y a veces no llegaba, entonces nosotros cortábamos la luz. Cada dos sábados lo hacíamos. Mandábamos a uno a bajar la tecla de la cuadra. Para prender era media hora y, cuando ya estaba todo iluminado, ya estaba Enzo cambiado”. El pibe prendía la luz. 

***

Atlético Libertador gana 3 a 0, en la categoría 2001. Parece que es 2007. El técnico, Miguel, se va exultante a los vestuarios. Está contento. Su entretiempo se alarga, sin saber que su pesadilla está llegando y cambiándose. 

Enzo y Matías llegan de Parque Chas y firman la planilla que les permite ingresar al partido, algo que no podrían hacer si aparecían luego de iniciado el segundo tiempo. Miguel vuelve al banco y no se da cuenta de nada, incluso pasa sin sobresaltos el primer gol del rival. Pero el segundo no. No porque La Recova se ponga a uno en el marcador, sino porque la conversión proviene de un pequeño erudito que empalmó un remate al ángulo. Sabe que perderá, por más que gane 3 a 2. El partido finalizará, de hecho, 6 a 3 para el rival. Cuatro goles de Enzo. 

—Luisa, ¿en qué momento llegó este pibe? —le dice Miguel a su pareja, que está en la mesa de atrás.

—Si no hubiera tardado tanto en el vestuario no habría llegado a firmar.

Clásico

La Recova juega la última fecha contra su clásico rival, Villa Bonich, que pelea el campeonato contra Ballester. Lorena Fernández recibe un llamado de estos últimos, que querían saber cuántos puntos podían sacarle a su rival. La delegada promete victorias, pero dice que la 2001 posiblemente la pierdan. Cuando arranca la fecha, otro llamado cambia la ecuación: es Marta, la mamá de Enzo, que dice que Parque Chas suspendió y que salen para San Martín. Juega en la 2001. Lorena se acerca al delegado de su clásico rival y llama por teléfono, en voz alta. 

—Andá dando la vuelta, Carlitos. Viene Enzo para la 2001. Ya está ganada. 

Ballester salió campeón. 

***

Es 26 de noviembre de 2022. Enzo Fernández gambetea en el área mexicana y le da un pase a la red que Memo Ochoa no alcanza. Lorena Fernández está llorando. Vive en Villa Bonich, rodeada de hinchas de su clásico rival. Sale a la calle y grita. 

—Aguante La Recova, para todos ustedes….

Lo que sigue es un insulto. No se sabe si es por respeto silencioso o admiración orgullosa, pero nadie responde. 

Los pibes

—¿De qué jugás vos?

—Defensor.

—¿Vos conociste a Enzo?

—Sí.

—¿Te sacaste una foto?

—Sí.

—¿Qué se siente ser de un club en el que jugó él?

—Muy bien.

—¿Soñás con ser como él?

—Sí, mucho.

Owen es categoría 2014 y dice que lloró cuando fuimos campeones del mundo. Santiago (2011) comenta que Enzo es “una inspiración” y que su caso es “bueno para el club”. Pero también admite que es hincha de Boca y que se arrepiente de no haber querido sacarse una foto con el actual jugador del Chelsea. El Papu, de la misma edad, es más sincero. 

—A mí lo de Enzo me da lo mismo. 

A Papu lo suele traer Juan, hermano de Lorena, porque la familia no puede. Lo va a buscar y lo lleva de nuevo a La Cárcova, una de las villas de la zona. El rol de los clubes de barrio y de sus impulsores, en relación con los barrios más humildes, es interesante. Comenta Cóseres que el club lanzó una iniciativa pensando en el tema: “Sirve para ayudar a sacar pibes de la calle. Estamos rodeados de villas nosotros. Lo que siempre decimos es que cuando el nene tiene 13 años y deja de jugar en el club hay que tener un apoyo. El futsal lo lanzamos para eso: para que, cuando deje el baby, siga jugando. Te podemos dar miles de casos de chicos que están presos o muertos”. 

El Papu está inquieto porque todavía falta para que juegue su categoría. Se mete en la cancha, se cuelga de la baranda paralela a la línea de cal. 

—¿Te puedo hacer mi firma en tu cuaderno?

—Pero sabés que si llegás a Primera después va a valer mucho eso, ¿no?

—Sí.

Corte

Son las 19:48 del martes y el entrenamiento en La Recova ya llegó a su parte más divertida: el picadito. El entusiasmo de los cuerpos pequeños lleva su ímpetu a buscar el cuero a toda costa. Por momentos todo es fútbol, hasta que se corta la luz.

Los chicos muestran descontento. Los padres se ríen. Lorena tiene un déjà vu, en el que combina deseos imposibles con extrañamientos reales. 

—¿Qué pasó? ¿Viene a jugar Enzo?

Este texto forma parte del libro Semilleros. Conseguilo acá.

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