Diegologías
LA TERNURA DE DIEGO PARA VENCER LA ESTUPIDEZ

LA TERNURA DE DIEGO PARA VENCER LA ESTUPIDEZ

     Escribo estas líneas a los tirones, golpeando con bronca las teclas de mi computadora, escribo con las tripas e intento disimular el desánimo escudándome en un mediocre manojo de palabras. El mundo, mi patria, están patas para arriba, el pretendido y mal llamado progreso es un sutil aventón al precipicio. Las bestias brutas que manejan el planeta van por todo y por todos.

    En este tiempo, querido Diego, los salvajes no disimulan sus verdaderas intenciones, ni guardan las formas. Estos tipos han descubierto que la dictadura del capital financiero es más efectiva que las vetustas tiranías perpetradas por milicos levantiscos. Sin eufemismos declaman su odio a los pobres, a los migrantes, a los discapacitados, a los trabajadores. Y así nos roban los sueños, nos oprimen, así intentan despojarnos de los últimos vestigios de humanidad que sobrevive en cada uno de nosotros. Pregonan a plena luz del día y sin ponerse colorados que “hay que tener para ser, que el otro no existe y que la justicia social es una aberración”.

    El imperialismo también no robó el fútbol. En la actualidad muchos empresarios propalan y son partícipes activos de un deporte que detestan solo porque allí pueden lavar dinero y acrecentar, sin dar ningún tipo de explicaciones, sus mal habidas cuentas bancarias. Banalizaron el juego y lo que pasa dentro del campo vale tanto o mucho menos que el recital de Shakira en el entretiempo de un partido, por ejemplo. 

    Vayamos Diego al campeonato argentino, a suelo criollo. Salvo contadas excepciones, se juega mal, se juega feo, se piensa muy poco, se corre mucho. Se desprecia la tenencia de la pelota. Se relega lo estético, se ningunea lo bello. Se lapida a los derrotados. En las tribunas aplauden a rabiar al tramposo, al que poco propone, al que viola el reglamento, a los que halagan y propugnan el triunfo a cualquier costo sin importar un comino las formas y los criterios utilizados para alcanzar el éxito. Desde las gradas y en los medios se premia al que habla y opina sin saber, a los improvisados, al que grita, al que insulta, al que se regodea ante el dolor ajeno.  

      Hoy más que nunca el que gana existe, vale. El que gana se trepa al púlpito y dicta cátedras aleccionadoras a los perdedores. Los triunfadores lo tienen todo permitido. Hacen y deshacen a su antojo. Son crueles, soberbios, brutos empoderados que, subidos a la cima de su gloria repentina, gritan como marranos sus inconsistentes verdades de ocasión. Los conversos que habitan las populares, en tanto, miran sin mirar, juzgan con una patética doble vara lo ético. Cito a Charles Bokowski: “El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de confianza”.

    El capitalismo, las marcas, las casas de apuestas, las federaciones, los dueños de todo o casi todo, combaten a los rebeldes, a los desobedientes, a los indisciplinados que se resisten y dan batalla para no terminar siendo apenas manipulables piezas de un tablero de ajedrez. El sistema multiplica sus fortunas gracias a los sumisos peones que corren tras la pelota. El sistema estupidiza a las mazas que pagan fortunas para ver a los obedientes peones que corren tras la pelota.  Pero el modelo también construye reyes falaces, dioses efímeros, necesarios, indispensables. Al fin y al cabo, peones muy bien pagos. Idiotas útiles que no alzan la voz, que no protestan, que no molestan, que no se quejan, focas aplaudidoras del régimen que los esclaviza, desclasados que amarrocan dólares mientras se fotografían en playas exclusivas, paradisiacos rincones del globo terráqueo en los cuales siempre es más fácil desprenderse y renegar de un pasado miserable, pobre.

   Algunos, jugadores como espectadores, se autoperciben la patria en camiseta. Besan el escudo, lloran con el himno, siempre le dedican los goles a la agente, nunca al pueblo. Eso sí, no hablan de política, no defienden causas populares ni reivindican gestas patrióticas. Evitan todo tipo de contacto con líderes de izquierda o peronistas. No salen de su zona de confort. Dicen poco y cuando dicen repiten hasta el hartazgo sus infantiles frases hechas, sus clichés de nuevos niños ricos. 

    A muchos de ellos, los patriotas en camiseta, les importa un bledo el desempleo, los asalariados pobres, los jubilados hambreados y apaleados, los discapacitados, la obscena y creciente desigualdad entre pobres y millonarios. A muchos de ellos no les importa un carajo el ataque sistemático a la cultura popular ni el desfinanciamiento de la salud y la educación pública. En ciertas ocasiones, tanto dentro como fuera de una cancha, esos morochos con guita que sudan la camiseta, desconocen y humillan a otros morochos, villeros y villeras que no tuvieron la fortuna que ellos sí ostentaron para gambetear la pobreza. Escribió el inolvidable cantautor pampeano Rafael Amor: “No hay peor tirano como un esclavo con un látigo en la mano”.

     Amado Diego, desando esta crónica, que no derrocha ni un ápice de sano optimismo, para abrazarte el alma y refugiarme en tu zurda mareadora. Escribo deseoso que tu aura revolucionaria me rescate de este asfixiante hastío mundano. Escribo y te pienso cuando la fe se desmorona.

     Cierta vez Alejandro Robino nos enseñó a través de su poesía que, a pesar de todo, sobreviviremos, que estamos curtidos. Transcribo sus primeros versos para capear el mal tiempo: “En primer lugar, no se desespere y en caso de zafarrancho no siga las reglas que el huracán querrá imponerle. Refúgiese en la casa y asegure los postigos una vez que todos los suyos estén a salvo. Comparta el mate y la charla con los compañeros, los besos furtivos y las noches clandestinas, con quien le asegure ternura. No deje que la estupidez se imponga. Defiéndase”.

     ¡Feliz cumple Diego! Yo me defiendo escribiéndote, compartiendo la charla con vos, porque tu ternura, acaso la misma que tenía el Che, me ayuda, y nos ayuda, a que no se imponga definitivamente la estupidez…

Autor

  • Mario Giannotti. Periodista. Escritor. Profesor de Educación Física. Conductor del programa Doble 5 en Radio Universidad MdP, comentarista en transmisiones de fútbol en Radio Vinilo 89.1

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