Ensayos
Deporte, dictadura, dominación y resistencia

Deporte, dictadura, dominación y resistencia

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 intentó, como muchos otros gobiernos, utilizar el deporte para sus (malignos) fines políticos. Ese mismo instrumento de manipulación puede convertirse en su contrario: un vehículo para la lucha. 

Mucho y muy bueno ha sido narrado sobre la temática que podría titularse “deporte y dictadura”. El proceso de aniquilación y desaparición al que el último gobierno dictatorial sometió al pueblo argentino con el objetivo de exterminar a una vanguardia obrera y popular que venía creciendo desde la década del 60 y de amedrentar a todos aquellos que pudieran ser un peligro para un plan económico de saqueo colonial, hambreador y pro capital financiero no estuvieron separadas de la esfera deportiva, acaso una de las más populares de nuestra sociedad. 

El elemento más claro está en los más de 200 deportistas desaparecidos, en una nómina que al día de hoy puede seguir en aumento a medida que avanzan investigaciones y reconocimientos pendientes. Desde Miguel Sánchez hasta los pibes del La Plata Rugby Club, pasando por el tenista Daniel Shapira y el caso del arquero de Almagro Claudio Tamburrini, que no forma parte de la lista porque logró escapar de la Mansión Seré. Y cientos más. 

También puede observarse esto en eventos sintomáticos y significativos del período como el Mundial de Fútbol de 1978, celebrado en nuestro país y con nuestra selección campeona. 

En general, aunque no siempre, los estudios suelen centrarse en la capacidad de manipulación que, teniendo las riendas de un Estado, el deporte puede permitir, a partir de otorgar determinados beneficios políticos a los “oficialismos”. En esto la dictadura hizo escuela, por ejemplo, con los 700 millones de dólares gastados durante la Copa del Mundo. 

Pero hay un análisis que a veces no aparece en el centro de las examinaciones o que, si lo hace, toma forma de manera solapada. Es aquel que toma al deporte (uno podría pensar en el fútbol como el principal exponente, pero es algo que puede trascenderlo) como un gran vehículo de mensajes políticos contrarios a la clase obrera pero que también puede transformarse en su contrario: un canal de denuncia o pelea que sirva a las causas políticas de las mayorías populares. Vale no sólo para la dictadura. Por su masividad y la capacidad de construir un sentir popular, el deporte es un botín de narrativas políticas de todo tipo. Es algo en permanente disputa. 

Proponemos, en este breve ensayo, precisar algunos apuntes sobre cómo a través del deporte pueden verse intentos de manipulación de la última dictadura, pero cómo también a partir de las prácticas deportivas han logrado tomar forma planteos que estuvieron al servicio de la lucha contra el gobierno de facto. 

No es objeto de este corto estudio agotar un problema u objeto, sino más bien abrir un debate. O, al menos, mejorar las condiciones para ello.

Máquina de poder

“El fútbol es el vehículo de consenso más poderoso de la época. Ya no es sólo un acto deportivo o económico, sino también político. El fútbol y el deporte en general son una máquina política, una máquina de poder”. La frase pertenece al periodista italiano Gianni Miná. Se la dijo a Ariel Scher y Sergio Danishewsky en una entrevista del diario Clarín de 1997.  Falleció en 2023 y tiene entre sus más grandes hitos haberle preguntado a Carlos Lacoste, presidente del Ente Autárquico, por los desaparecidos en conferencia de prensa, mientras cubría el Mundial 1978. 

La Junta Militar entendió ese concepto a la perfección. El propio Videla se hizo presente y se hizo ver en la final de la zona americana de la Copa Davis en la que Argentina venció 3 a 2 a Estados Unidos. El estadio lanzó al viento un “vea, vea, señor presidente, somos los mejores de todo el continente”. (Scher, Blanco, y Búsico, 2010). Incluso en una competencia de menor rango, la dictadura buscaba comparar su presencia física con una imagen de victoria. 

El gobierno militar también eligió a deportistas de peso para cuya presencia cercana, más allá de si hubo o no adhesión ideológica, servía a los fines de una limpieza de imagen. El quíntuple campeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio y el golfista multicampeón Roberto De Vicenzo fueron parte de la delegación del primer viaje de Videla a un país con gobierno democrático. Fue en mayo de 1977 y el destino fue la Venezuela de Carlos Andrés Pérez.

Esto fue llevado a otra dimensión en el Mundial 78. De la mano de la agencia de marketing estadounidense Burson-Marsteller la dictadura buscó un mensaje de unidad nacional, de diálogo y hasta de tranquilidad. Cinco veces mencionó la palabra “paz” el propio Videla en la antesala del partido inaugural entre Alemania y Polonia, en cancha de River, el 1° de junio. Pero también el cantito “25 millones de argentinos jugadores el Mundial” y la estigmatización de todo aquel que osara criticar la Copa del Mundo como partícipe de una “campaña anti-argentina”. 

En esa misma línea, más allá de un progresismo discursivo bizarro, la dictadura “invirtió” 700 millones (cometas al margen) para infraestructura, televisión a color (principalmente en el exterior, a excepción de algunas “transmisiones colectivas” en cines). También erradicó villas y barrios de emergencia para evitar que el turismo viera la pobreza en sus narices: el plan incluyó la liquidación total de la Villa 29 del Bajo Belgrano, en la zona de la calle La Pampa, cerca de Libertador, al lado de la cancha de Excursionistas. Lo mismo para la Villa 30 de Colegiales y la 40, en Córdoba y Jean Jaurés. También dispuso la expulsión masiva de la Villa 31 de Retiro, expuesta a los ventanales del hotel Sheraton, donde se alojó la selección holandesa. Lo mismo vale para el muro de la autopista Dellepiane (por la que pasaban los visitantes luego de aterrizar en Ezeiza) sobre Villa Soldati: algunas leyendas urbanas le atribuyen el nombre de Ciudad Oculta a ese barrio por este hecho. 

El año siguiente el propio Videla siguió la misma línea. El mundial juvenil de fútbol 1979, jugado en Japón, con Maradona como principal figura y con Menotti en el banco, fue la tribuna perfecta. En el mismo momento en el que se disputaba el certamen, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recibía denuncias de familiares de desaparecidos en la sede de la OEA del microcentro, iniciativa de la “comunidad internacional”, si es que esta existe, frente a los “atropellos” (un plan sistemático de aniquilación, desaparición y secuestro) que se hacían imposibles de disimular. “Los argentinos somos derechos y humanos”, inmortalizó el “Gordo” José María Muñoz, relator afín al “Proceso”, que también era menos metafórico: “Vayamos todos a la Avenida de Mayo –decía en el aire de Radio Rivadavia– y demostremos a los señores de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que la Argentina no tiene nada que ocultar”. El periodista organizó una llamada telefónica entre Videla y Maradona apenas terminó la final entre Argentina y la Unión Soviética. El dictador recibió al equipo en la Casa Rosada y la foto con Maradona fue la más querida: buscaban una imagen de juventud que contraste con aquellos que “algo habrán hecho”. Con el tiempo Diego los dejó pagando. 

Los genocidas buscaron asociarse a clubes. Videla, Massera y Agosti en River, Massera y Lanusse en Boca (en 1972), Suarez Mason en Argentinos Juniors, Viola en Colón. La historia los fue sacando. Luciano Benjamín Menéndez soñó algo más: hacer de su Talleres de Córdoba un equipo modelo que le permitiera aspirar a presidente y poner al mandamás de la AFA (Amadeo Nuccitelli, titular del club cordobés). Quizás podría haberlo logrado si el glorioso Independiente de Bochini y Pastoriza no le ganaba la final del Nacional 1977 (en enero de 1978) con tres jugadores de menos. 

También el amedrentamiento hacia los clubes tuvo la búsqueda de un mensaje político. Hay varios casos, pero el más emblemático fue la presión y, finalmente, la separación de San Lorenzo de Almagro de su barrio, Boedo, y de su estadio, el Gasómetro. No puede disociarse este proceso del acto de las Madres de Plaza de Mayo en el estadio, en una de sus primeras apariciones públicas en 1977. 

Para la dictadura, el deporte siempre debía continuar. La Selección Argentina jugó el mismo 24 de marzo de 1976, en lo único que ese día siguió su curso habitual. El comunicado 23 del gobierno militar decía: “Se ha exceptuado de la transmisión por cadena nacional de radio y televisión la propalación programada para el día de la fecha del partido de fútbol que sostendrán las selecciones nacionales de Argentina y Polonia”. Lo mismo pasó en Malvinas: Argentina debutó en España 82 contra Bélgica el 13 de junio, todavía con la guerra contra el reino de Gran Bretaña en curso, el mismo día en el que se jugaron las semifinales del torneo Nacional, que terminaría ganando el Ferro de Griguol. Nunca el certamen se detuvo por la guerra. 

Banderas en tu corazón

Graciela Lois y Lita Boitano tenían más convicción que miedo. Pero el temor y el riesgo eran grandes. Ambas eran militantes de Familiares de Detenidos-Desaparecidos por Razones Políticas y se encontraban entre la multitud que caminaba a la cancha de River. Argentina no jugaba ese día allí, sino en Rosario. La tertulia de Nuñez era entre Italia y Alemania. Entraron, dejaron volantes, volantearon por los desaparecidos y salieron. 

Fue uno de los tantos actos de lucha en el marco del Mundial 78. El más importante fue el llamado “Boicot” (COBA, por sus siglas), que levantó la consigna: “No al fútbol entre campos de concentración”. El lema no podría ser más preciso: el principal estadio de la Copa del Mundo (River) se encontraba a 15 cuadras del centro clandestino de detención más grande e icónico del terror (ESMA). La COBA tuvo una fuerte repercusión internacional y una enorme difusión: su revista llegó a vender 120 mil ejemplares a principios de 1978 (Papelitos, 2018). Pero igual de cierto es que, si bien tuvo un arraigo en la militancia del país (sobre todo en agrupaciones de izquierda, como Política Obrera), su impacto se dio más en Europa (Francia, Países Bajos, Suecia). La opinión pública de la sociedad francesa se vio impactada, a tal punto que Michel Platini tuvo que salir a separar al fútbol de la política para justificar su participación en la Copa del Mundo (Francia tuvo, en Argentina, al menos 18 personas desaparecidas). La campaña recibió el apoyo de los escritores e intelectuales Jean-Paul Sartre y Roland Barthes. 

La aparición de la prensa extranjera dio una oportunidad de difusión. Una “vidriera de atrocidades” (Bauso, 2018).  Hablando con los periodistas holandeses Jan Van Der Putten y Frits Barend se dio una escena épica en la que Marta Moreira de Alconada Aramburú dio, ante el micrófono, el siguiente testimonio: “Nosotras, que somos argentinas, vivimos en la Argentina, les podemos asegurar que hay miles y miles de hogares sufriendo mucho dolor, mucha angustia, mucha desesperación, dolor y tristeza porque no nos dicen dónde están nuestros hijos. No sabemos nada de ellos. Nos han quitado lo más preciado que puede tener una madre. No sabemos si están enfermos, si tienen frío, si tienen hambre, no sabemos nada. Ya no sabemos a quién recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias. En todas partes se nos han cerrado las puertas. Por eso les rogamos a ustedes: son nuestra última esperanza. Por favor, ayúdennos”.

Montoneros, que organizó una interrupción de la transmisión del partido Argentina-Polonia (segunda fase), lanzó la consigna “Argentina campeón, Videla al paredón”. En un testimonio del 2018, el arquero Claudio Tamburrini, detenido y fugado de la Mansión Seré, mencionó que escuchó en los festejos del partido contra Perú como una persona gritaba contra la dictadura y otra le respondía en sintonía. 

Hay un jugador que se negó a venir al Mundial por razones políticas. No fue Johan Cruyff, a pesar del mito generado en torno a su figura. Pero si Paul Breitner, defensor de Alemania Federal, autodenominado “maoísta”, que en abril de 1978 escribió: “La selección no debe dejar que la utilicen como una marioneta, porque los deportistas, aunque tengan en el deporte su principal preocupación, no deben ser eunucos políticos”. Wim Rijsbergen, jugador holandés, visitó a las Madres de Plaza de Mayo y escribió una columna para una revista neerlandesa luego de su lesión en el Mundial. Según su testimonio, fue en bicicleta hasta la Plaza de Mayo. 

El Mundial Sub 20 de 1979 fue una plataforma: el campeón del mundo tenía filas enteras en las oficinas de la OEA. Menotti, técnico de ambas selecciones, firmó la solicitada de 1980 por los desaparecidos. 

Las canchas también se mostraron como plataformas para difundir luchas populares. Ya el 16 de mayo de 1976, menos de dos meses después de instaurado el régimen militar, dos banderas de Montoneros intentaron ser desplegadas en las tribunas del partido Estudiantes (LP) – Huracán. Lo mismo pasó con una parte de la hinchada de Chicago que, en 1981, estuvo detenida por cantar la marcha peronista. 

Los militantes exiliados usaron los alambrados de las tribunas en el exterior para hacer intervenciones políticas contra la dictadura. Dos de ellas tuvieron mucha repercusión. En la primera,  en un partido contra Holanda en 1979 en Zúrich (Suiza), por el 75° aniversario de la FIFA, con la estelar participación de Maradona, un grupo organizado colgó una bandera detrás de un arco que decía “Videla asesino”. La transmisión oficial, desesperada, puso en medio del encuentro el anuncio de un show de la banda Les Luthiers para que no se vea el trapo. Hubo represión de policías suizos de civil, enterados de la controversia. Una situación similar se dio en 1980, en Argentina-Austria, colocaron una bandera que decía “¿Dónde están los 20.000 desaparecidos?”.

Hubo y hay una infinidad de casos de homenaje y lucha en democracia. Los torneos de rugby en La Plata por los desaparecidos; la internacionalmente reconocida Carrera de Miguel; la tribuna Marcos Suker en Defensores de Belgrano en el 2001, cuando los genocidas todavía estaban libres, a metros de la ex ESMA; las iniciativas de los clubes para restituir los carnets a los socios desaparecidos y sacar de esa nómina a los genocidas; los equipos como el Norita FC; los pañuelos que florecen en las camisetas de los equipos esta fecha; las insignias como las del delantero Mauro Amato y el otrora jugador y actual escritor Kurt Lutman; el homenaje a las Abuelas de Diego, Messi y Sabella; el minuto de silencio en la fecha del fútbol de 1996; la organización de “la Otra Final” en 2008 en donde René Houseman le regaló su medalla a Nora Cortiñas; y un sinfín de homenajes que se realizan año a año y van en crecimiento. 

Pero hay uno de ellos, cuando la dictadura estaba herida de muerte pero no finalizada, que debe ser resaltado, entre otras cosas, porque muchas veces no lo es. Se dio en el partido por el tercer puesto entre Argentina y Japón por el Mundial de Vóley de 1982 jugado en Argentina. El Luna Park estaba lleno. En una de las plateas se sentó el contraalmirante Carlos Lacoste, organizador del Mundial 1978, militar ligado al deporte. El estadio lleno lo miró y le gritó en la cara: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

Bibliografía: 

Autor

  • Periodista. Le falta una tesis para ser Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Escribe en Lástima a Nadie, Maestro y colabora con otros medios digitales. Es uno de los autores del libro Crónicas Maradonianas.

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