
El horror después del amor
En banderas y pancartas, Roberto De Vicenzo y Miriam Moro –víctimas de la dictadura– volvieron al estadio de Newell’s. Ambos hinchas de la Lepra, él jugó al rugby y ella al hockey.
Primero gritó fuerte el gol de Mario Zanabria, a poco del final. Concluido el partido 2 a 2, bajó las escaleras del Gigante de Arroyito. Se trepó al alambrado, lo saltó y se metió a la cancha para dar la vuelta olímpica, la primera de Newell’s en su historia.
La alegría que sintió Roberto De Vicenzo ese 2 de junio de 1974 al salir campeón en la cancha del eterno rival, se empañó un mes más tarde con la muerte de Juan Domingo Perón.
Antes de dedicar su vida al estudio en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y a la militancia en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), Roberto jugó al rugby en Old Resian. Quienes lo vieron, lo describen como un wing rápido.
Compañero de equipo y de militancia de Roberto, el histórico referente del Movimiento Evita Gerardo Rico también hizo la colimba junto a él. En una nota de la periodista Laura Vilches en La Capital de años atrás recordó cuando un sargento gritó, tomando lista, el apellido De Vicenzo, y un soldado se quiso hacer el gracioso.
—Está jugando al golf —susurró por lo bajo, en alusión al golfista homónimo.
“¡Por esa broma nos bailaron dos horas!”, contó Rico entre risas.
Hasta Fisherton, donde está emplazado el club, lo iba a ver su esposa Miriam Moro, jugadora de hockey. En Remeros Alberdi, club de la zona norte de Rosario, agarró por primera vez un palo con forma de J y, aunque le costaba dominarlo, le tomó el gustito.
Más consolidada como insider izquierda, pasó al club Universitario, donde a principios de los 70 fue elegida revelación. En un partido ante Newell’s, se enfrentó a Ana, su hermana melliza. Al año siguiente, ambas compartieron equipo en la Lepra. “Se quejaban porque decían que nos dábamos muchos pases entre nosotras”, se ríe Ana.
También la militancia en la JUP y la carrera de Psicología alejaron a Miriam de las canchas.
Un amor como el nuestro
Desde 1965 las vidas de Roberto De Vicenzo y Miriam Moro empezaron a mezclarse. Ambos siguieron sus estudios secundarios en la Escuela Superior de Comercio. Él era alumno del curso A; ella del C. Empezaron a coincidir en los recreos, más tarde en juntadas de amigos comunes, peñas, en excursiones al río. En 5° año llegó el amor.
Entre largas charlas telefónicas, Roberto le cantaba, con la compañía de su guitarra, esa canción de «…si Adelita se fuera con otro…» pero con un pequeño cambio en la letra: donde decía «si Adelita», él intervenía con «si la negrita», tal su apodo. “Mi mamá se quejaba porque quizá pasaba media hora con el teléfono, y podía llamar alguien”, recuerda Ana.
Conocido en la militancia como El Gringo, y como El Linyera en el ambiente del rugby, el círculo más íntimo de Roberto le decía Pompino. El mote, puesto por Miriam, obedecía a una coneja blanca llamada Pompina que las hermanas Moro tuvieron en la infancia, y cuyo pelaje les recordaba al rubio claro de él.
En abril del 74, muy jovencitos, se casaron. Después llegó Darío, el primogénito. Luego Gustavo. Comenzaron la militancia en Montoneros y el paso a la clandestinidad. De un asentamiento en calle Lamadrid al fondo, en la zona sur de Rosario, a la limítrofe Villa Gobernador Gálvez. “Vivíamos escapando de casa en casa”, me dice Gustavo que le contaron. De él se ocupaba su madre, por la teta. Y Darío pasaba más tiempo con su padre.
“Roberto me dijo un día que él tenía miedo, pero por los chicos, porque iban a quedar solos, tan chiquitos”, me revela Ana Moro. “Se les ofreció irse del país. Pero mi hermana estaba muy firme, muy convencida de quedarse.
Miriam y Roberto esperaban un tercer hijo. Embarazada de tres meses, el 27 de septiembre de 1976 ella repartía volantes, con mensajes contra la dictadura, en las cercanías del frigorífico Swift. En su casa la esperaba, con mates y facturas, su marido.
Preocupado porque no volvía, Roberto llamó desesperado a su cuñada Ana con la ilusión de que le dijera que estaba con ella. El llanto de ambos al teléfono predijo un destino fatal. Dejó a sus hijos en casa de amigos y salió a la búsqueda de su compañera. Pero tampoco él volvió.
Hay testimonios que dicen haber visto a Roberto, días después de su desaparición, en el centro clandestino del Servicio de Informaciones de la Jefatura de Policía de Rosario. Con las marcas de la tortura, cuentan, seguía preguntando por Miriam.
Personas que no voy a olvidar
Darío, entonces de un año y nueve meses, y Gustavo, de siete meses, recién volvieron a ver a su padre en restos identificados en marzo de 2010 por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Habían sido enterrados como NN en el cementerio de Barrancas, Santa Fe. Los restos de su madre, en cambio, están en el cementerio de Casilda, pero en un osario común, lo que privó a la familia de volver a juntarlos.
El Supe, como se conoce al colegio secundario de la UNR en el que cursaron, tiene aulas con sus nombres. En el partido de Newell’s ante Gimnasia (M) del 21 de marzo, en el Coloso Marcelo Bielsa, familiares de Roberto y Miriam levantaron bien alto pancartas para recordar su militancia y su amor por el club. En el predio rojinegro de Bella Vista, además, existe el espacio Miriam Moro en las canchas de hockey.
Gustavo De Vicenzo siente que el fanatismo por practicar deportes le viene de sangre. Su padre, aunque se destacó como rugbiers, también jugó al fútbol y al hockey. Su madre, habilidosa jugadora de hockey, también practicó natación.
Nélida Berretta de Moro, madre de Miriam y Ana primero, y Madre de Plaza de Mayo después, fue la responsable de crianza de sus nietos, junto a su marido Alberto Moro. “A mi abuela nunca la vi contenta. Era muy amorosa, nos crió con mucho amor. Pero estaba como apagada. Mi abuelo era otra cosa. Con su dolor, era más dicharachero, de más empuje”, me cuenta Gustavo.
Nélida murió en la misma fecha del nacimiento de sus mellizas (20 de junio, Día de la Bandera), pero de 1992. Gustavo estaba a su lado en la cama de internación del Pami II cuando ella, algo inconsciente, le tomó la mano:
—Miriam… miriam…
A la hora y pico, murió. “Ahí recién me di cuenta de la falta que me hacían mis padres”, cierra Gustavo.