
EL JUEGO DE VÁZQUEZ MONTALBÁN
Hace nada, cuando Buenos Aires aceptaba que estaba de nuevo en primavera y que ni ninguna lluvia ni ningún frío iban a arruinar esa maravilla, cinco amigos que una noche por semana cenan vinos y beben sueños se desafiaron a preguntarse y a contestarse sobre la figura del Barcelona que más pero más admiraban. El primero, irrefutable, eligió a Leo Messi. El segundo, desde luego irrefutable, se inclinó por Diego Maradona. El tercero, otra vez irrefutable, prefirió a un poeta, o sea a Andrés Iniesta. El cuarto privilegió, igual de irrefutable, a Ladislao Kubala. Y el quinto votó por Manuel Vázquez Montalbán. Los otros cuatro, al principio, lo contemplaron asombrados. Después, un después corto, coincidieron: también era irrefutable.
Manuel Vázquez Montalbán fue la demostración de que el fútbol es capaz de cobijar cracks de lo más variados. A un golpe de vista, se lo detectaba calvo, bajito, progresivamente ancho y usuario de lentes. Y, aunque su aspecto lo localizaba lejos del biotipo clásico, crack resulta una palabra avara para retratarlo: supercrack es lo correcto. Supercrack, aunque su proeza central sobre un césped hubiera sido el 5 a 3 monumental que, con el equipo de sus compañeros de escuela, obtuvo sobre un curso de alumnos mayores en alguna tarde de la década del cuarenta. Supercrack porque, bastante más que brillante, sin dudas que más que inteligente, militante desde el sol hasta la luna, enhebró ficciones cuyo único defecto consiste en que alguna página es la última y narró realidades en las que los dolores les duelen a todos los que leen y las alegrías reivindican confiar en la humanidad. Los que lo trataron seguido aseguran que lo apasionaban la justicia y la literatura, la política y los esfuerzos por denunciar los espantos de la Tierra, la espontaneidad de sonreír y la fuerza para debatir. Y que a la altura de esas pasiones se ubicaban una pelota y los colores del Barca.
Novelista, ensayista, periodista, catalán, izquierdista, poeta, recontrafutbolero, erudito en comidas e intelectual en el sentido más activo y más profundo de la palabra, Vázquez Montalbán nunca reclamó una deuda que el fútbol tomó con él y, al contrario, siempre se proclamó agradecido de poder parpadear y, al fin del parpadeo, encontrar un partido para mirar. Sin embargo, la deuda existe: en el epílogo de los sesenta y al empezar los setenta, emprendió una osadía a contramano de las tendencias o a favor de lo genial y puso su pensamiento crítico a disposición del juego que lo había encantado desde la niñez. «El artículo periodístico por el que recibí más cartas en mi vida fue sobre fútbol. Se llamaba Barca, Barca, Barca y contaba qué significaba el fútbol en Catalunya», solía evocar. Ocurría que Vázquez Montalbán cacheteaba prejuicios, vulneraba ignorancias y revelaba, desde su razón profunda y desde su ideología innegociable, que el fútbol hacía algo más que distribuir anestesia entre los pueblos.
Antes de Vázquez Montalbán, demasiado fútbol o demasiado de la dimensión social, política y cultural del fútbol se abordaba desde la simplificación o desde el desprecio. Ese señor alteró las coordenadas y meditó sobre los poderes, los nacionalismos, los regionalismos, las noblezas, los rufianes y muchas más cuestiones que cabían entre dos arcos. «Es verdad que la gente se ocupa del fútbol -evaluó- y prácticamente no se ocupa de otras cosas. Está todo montado para que sea así y no se le puede pedir a la gente que haga un acto heroico los domingos y se ponga la mano adelante de los ojos para no ver el partido. Pero hay que tener en cuenta que, como abastecimiento de comunión artística, no hay otro igual. De hecho, los partidos de fútbol son grandes ceremonias de participación». Para advertir semejante fenómeno, Vázquez Montalbán no contrató a un detective parecido a su Pepe Carvalho -mayúsculo personaje de sus libros, derrotado e invencible a la vez en cada trama en la que el autor lo hacía ir de la ternura al absurdo y del absurdo a lo que fuera- que persiguiera los secretos que habitan en el área chica. Lo que hizo fue respirar fútbol con los pulmones y con la cabeza hasta aspirar los aromas podridos con los que unos cuantos poderosos impregnaban a las canchas, pero sin olvidarse de percibir todas las fragancias bonitas que había en un córner, en un penal o en una tribuna. Imposible no repetirlo: un supercrack.
Vázquez Montalbán creció con las manos rojas de tanto aplaudir al deslumbrante Kubala y, pese a que era individuo de luchas y no de claudicaciones, maduró condenado a rendirse frente al talento de Alfredo Di Stéfano, otro supercrack, pero justo del Real Madrid. No se trata de una detalle chiquito: nacido en la expiración de la Guerra Civil Española, hijo de un republicano que fue preso político de la dictadura de Francisco Franco, preso político también él en el comienzo de la década del sesenta, barcelonés y muy del Barca, si a Vázquez Montalbán lo fascinaba alguien que encandilaba multitudes con la camiseta de un rival que representaba mucho más que un rival era, nuevamente, porque portaba un cerebro sin ataduras y porque «lo que te enamora del fútbol es que tiene instantes mágicos». Como los que producía Kubala, como los que generaba Di Stéfano, como los que acostumbraba registrar él mismo en cada excursión al estadio Camp Nou.
La memoria del mundo justificaría los lazos dulces de Vázquez Montalbán con el fútbol a través de “El delantero centro fue asesinado al atardecer”, uno de los itinerarios entre venturas y desventuras del detective Pepe Carvalho, con clubes resonantes y humildes como escenario. No obstante, el tipo armó más, mucho más. No paró de analizar y de defender al fútbol como posibilidad de disfrutar, de embroncarse al lado de otros, de extasiarse al lado de otros y de ofrecer una pertenencia porque funcionaba como «una religión laica, una religión benévola que ha hecho poco daño» en medio de una rutina en la que a millones no se le hacía sencillo hallar en qué creer. Fue demoledor con «esos auténticos canallas de los peores mundos industriales» que, en busca de negociados o de notoriedad, compraban instituciones deportivas. Y, si bien jamás ejerció de socio del discurso ingenuo o cómplice que enarbola eso de que la política y el deporte no deben vincularse, lanzó un contundente aviso sobre el papel de los goles dentro de una modernidad salvaje, tan salvaje que a su alegato para replicarla lo tituló Panfleto desde el planeta de los simios. Un planeta en el que, atento y riguroso, comprendió que los estadios albergaban muchos más ecos que los de un pelotazo en la red: «El fútbol, calificado como opio del pueblo en tiempos de dictaduras, se ha convertido en una droga dura de la democracia. Permite dar una respuesta tanto a la falta de proyecto de las sociedades globalitarias como a la paradójica soledad de las masas».
Además de cautivarse con las destrezas de Kubala y de Di Stéfano, Vázquez Montalbán determinó que el universo lo premiaba cada domingo en el que Maradona («tango, desaparecidos, Maradona», resume Pepe Carvalho cuando lo consultan sobre qué sabe de la Argentina en el libro Quinteto de Buenos Aires), Johan Cruyff («huele la patada, venga de donde venga, y entonces da un salto asombroso que sitúa su cintura por encima de la cabeza de su agresor»), Michel Platini, George Best o Ronaldo («un mocetón que tiene envergadura física de campeón de los superwelters y pies de Fred Astaire») se comportaban cerca de la pelota como dioses o semidioses, según lo que cada uno pudiera, de esa «religión laica» que apreció en el fútbol. Por eso, sin casualidad, el libro extraordinario que despliega la obra futbolística de ese escritor tan lleno de cancha se denomina “Fútbol, una religión en busca de un Dios”, casi un adelanto de que, en la apertura del siglo veintiuno, algún Messi andaría esperando por ese rol. Cuando ese material llegó al público, lo presentó Jorge Valdano, un argentino que se regocijó con cada línea que germinó en los dedos de Vázquez Montalbán. Y que aportó su parte para saldar la deuda que el fútbol conserva con los textos generosos y jamás dogmáticos de ese hincha del Barca. «Manuel fue un visionario -sintetizó-, uno de los pocos intelectuales que se dio cuenta hace muchos años de la energía social que en el futuro tendrían veintidós hombres corriendo en calzoncillos por un campo de fútbol».
Tal cual: un visionario, es decir, el merecido receptor de un término que describe a un individuo dedicado a ver con los ojos y, también, con el olfato, con el pulso, con las ideas, con la conmoción. Los tres tomos que nuclean su gigantesca labor periodística exponen a un experto en pasados, a un intenso del presente y, en especial, a un captador de futuros. En lo que fuera y en el deporte. Ejemplo uno: con tristeza, se anticipó a los problemas que envolverían a las bicicletas, otra de las devociones que adquirió en la infancia: «Si ahora hemos de perder la mística del ciclismo por cuatro chorradas químicas que toman los ciclistas para no perder la cara o la marca, yo ya no sé en qué vamos a creer los ateos que hemos buscado en religiones laicas como el fútbol o el ciclismo la posibilidad de subir al pódium del Olimpo». Ejemplo dos: con soledades que son el sello de los que no se acomodan a la corriente, desnudó a los que crucificaban a los deportistas dopados, fundamentó que lo que los dopaba era un sistema entero e interrogó primero que cualquiera: «¿No sería conveniente analizar el pipí de los banqueros?». Ejemplo tres: con sabiduría, con una sabiduría que pasma, profetizó desde temprano que Pep Guardiola («el mejor centrocampista que ha tenido el Barca en su historia») «es algo más que un jugador de fútbol».
Necesario como siempre, con tanto hecho y con tanto por hacer, Vázquez Montalbán se murió en Bangkok, en el aeropuerto, en una ráfaga, el 18 de octubre de 2003. Desde entonces, muchas de sus tesis ciertas de fútbol o no de fútbol se volvieron más ciertas, muchas de sus valentías orientaron la reflexión y la acción de otras personas, muchos de sus libros son libros todavía mejores y muchas de la interpretaciones esclarecedoras sobre lo que implica el fútbol son herederas de las interpretaciones pioneras que elaboró con audacia y sin someterse a ninguna estrechez. Desde entonces, para qué negarlo, más de una vez, ante todo lo que provoca el Barca, o ante todo lo que suscita el fútbol o ante todo lo que sucede en la Tierra, dan ganas, rabiosas ganas, de que Vázquez Montalbán reaparezca para escribir como nadie de esas cosas o de lo que se le antoje.
De todos modos, los años son una ausencia, pero no son un olvido. Lo tienen claro los cinco amigos de Buenos Aires, convencidos de que, mientras sean posibles las primaveras y los buenos partidos, las dignidades y la esperanza, en cada cena de vinos y en cada brindis de sueños podrán hablar de los futbolistas más fabulosos de cualquier época. Podrán hablar, jugador imprescindible, del grandioso Manuel Vázquez Montalbán.