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“AL PRINCIPIO VALÍA TODO»

“AL PRINCIPIO VALÍA TODO»

Rapados al uno, tatuajes en el pecho, espaldas enrojecidas por el raspar de la jaula. Se oyen chasquear las patadas, el retumbar de un derribo y gritos que, más allá del aliento, hablan de cómo imponer el peso del cuerpo, dónde apoyar la rodilla, y un “¡Dale, dale!” que aquí significa pegarle en el piso a otra persona. Es una pelea amateur de Artes Marciales Mixtas (MMA) en el barrio de Núñez, Argentina. Un deporte nacido en los márgenes que nunca termina de explotar.

—Si vos te metés a pelear en la jaula vas a salir lastimado —enfatiza en diálogo con Revista Meta la escritora Paloma Fabrykant

Fabrykant fue la primera corresponsal de la UFC en Latinoamérica, primera comentarista de Strikeforce en el canal Space y de la propia UFC en Fox Sports, peleadora profesional de MMA con cuatro victorias registradas por finalización y, este 2026, autora de la novela Toda tu furia (Ed. Planeta), la historia de vida de una artista marcial en Argentina. Una vida que vio surgir el deporte desde el cemento.

—Vas a salir lastimado y vas a lastimar a otro —retoma—, entonces tenés que tener una cabeza muy particular. Tenés que estar muy enamorado de tu disciplina, ser un monje del gimnasio, tu cuerpo lo tenés que tener tirando salud para arriba; sentirte una máquina tan potente que podés ir a chocar. Tenés que estar enfocadísimo y muy seguro de que tu arte marcial es la mejor, de que tu profesor es el mejor, y de que vos querés probar todo eso ahí arriba.

¿Y cuál es la recompensa de ese sacrificio?

—Es la comprobación de que tu sistema es el correcto: de que tu jiu-jitsu anda, de que tus maestros te están bajando la verdadera posta y, en otra época, de que fuiste el pionero que hizo eso; ir y hacer lo que nadie se anima a hacer.

Las Mixed Martial Arts (MMA) es el nombre con el que Estados Unidos adoptó el Vale Tudo de Brasil. En su origen se trató de un torneo en el que participaron judokas, kickboxers y hasta luchadores de sumo para determinar cuál era la mejor arte marcial. Ese 1993, el premio lo ganó Royce Gracie, representante de la familia organizadora del evento que inventara el jiu-jitsubrasileño (BJJ por sus siglas en inglés); un sistema de derribos, posiciones, estrangulamientos y llaves dirigidas a las articulaciones. Hoy es un deporte de combate que permite golpes de pie, en el piso, derribos y sumisiones. Su principal promotora a nivel mundial es la Ultimate Fighting Championship (UFC).

—Al principio valía todo —cuenta Fabrykant—. Las únicas tres reglas eran: no valía tirar del pelo, no valía pegar en los genitales, no valía morder. Ahora hay un millón de reglas. Si vos buscás la lista en un reglamento hay más de veinticinco, treinta faltas muy detalladas.

El primer evento registrado de MMA en Argentina se realizó el 20 de mayo del año 2000. Se llamó “Combate Extremo”, y tuvo lugar en la tradicionalísima Federación Argentina de Box (FAB), en Almagro.

—Los primeros que quedan afuera son los boxeadores —sigue Fabrykant—. Eso hizo que la Federación de Box le cierre la puerta para siempre a las MMA, porque a los cuatro segundos los tackleaban a piernas y quedaban humillados. Al poco tiempo se consiguió Obras Sanitarias, que es el primer evento que yo veo. En paralelo, en Rosario y en Misiones empezaron a hacer sus primeros eventos también.

¿Cómo era esa primera etapa?

—Los primeros eventos eran una arte marcial contra otra. Hoy son todos atletas híbridos: todos saben mínimo BJJ, kickboxing, lucha y boxeo, por decirte la base. En ese momento era “yo vengo del BJJ, del Karate o del boxeo”. Se probaba arte contra arte; ahora se prueba atleta contra atleta.

¿Se cobraba entrada?

—Sí, era profesional. El amateurismo surge después. Es una variante que surge para aflojarle la peligrosidad: se agregan guantes más grandes, protector tibial, cabezal, y se cambian un poquito las reglas.

En el evento de MMA en Núñez no cobran entrada. Está organizado en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD) por el Circuito Argentino de MMA (CAM). Es un gimnasio alto con una única tribuna de cemento y mesas reservadas con sillas de plástico esparcidas a lo ancho del salón. Lo primero que se ve al entrar es una pantalla gigante, la pasarela de entradas y el octógono: la jaula de ocho esquinas donde se paran dos peleadores a torso desnudo, con guantes de 8 onzas y sin cabezal, uno con shorts de Muay Thai y otro con calzas de MMA, usando respectivamente protectores tibiales de color rojo y azul, para distinguirse.

—Todo eso se va agregando con el tiempo cuando quiere dejar de decirse “Vale todo”, empezar a decirle MMA, convocar las marcas y que se pueda televisar. Lo van ablandando, haciendo que sea algo que pueda ver la gente, que pueda sponsorear una marca.

La cámara entarimada que apunta al octógono es de Knockout 9, programa para el que alguna vez trabajó Fabrykant. Mucho tiempo antes, entre el 2003 y el 2004, ella había entremezclado artículos sobre el deporte en sus colaboraciones para Radar, segmento de Página/12, y Revista H, tras las portadas de chicas en ropa interior. A principios de 2008, uno de sus artículos llega a EEUU: la UFC había puesto sus ojos en Argentina.

Pioneros y pioneras

En el octógono del CeNARD, apenas abrirse la jaula, los peleadores imitan la entrada felina de Jon Jones, las cuclillas arácnidas de Anderson Silva; nombres que surgen como referencias culturales espontáneas en las compilaciones de highlights, la conversación cotidiana del gimnasio, clips que circulan en redes sociales y transmisiones de pago por evento.

Previo al 2008, la UFC que convoca a Fabrykant estaba en una etapa distinta: no se transmitía fuera de EEUU, su público era casi exclusivamente blanco, proletario y masculino, y tenía como principal competidor a Pride Japan, que organizaba torneos con reglas más laxas, varias llaves por noche y sin categoría de peso.

¿Y había algún grado de consumo mediático de esas MMA en Argentina?

—No se conocía nada —cuenta Fabrykant—. Pensá que internet todavía no era algo tan rápido: se vendían DVDs que conseguías en lugares de cambio como Parque Rivadavia o algo así. Pero sólo las consumía un nicho muy reducido: peleadores muy duros o nerds muy duros. Nerds muy hardcore que les gustaba buscar cosas raras, y gente muy purista de las artes marciales que querían ver si el karate le ganaba al Kung Fu.

¿Y cuál fue la etapa que vino después de eso?

—La UFC ya estaba pensando desembarcar en Latinoamérica. Entonces ya se estaba hablando más, pero muy dentro de los subgrupos, y todavía no había televisación. Y dijeron: “¿A qué periodista podríamos convocar para hacer esta avanzada?” La única que había hablado bien del deporte era yo.

En enero del 2008, la UFC invitó a Fabrykant a una reunión en Las Vegas, pagándole el vuelo y los gastos. La contrataron para escribir en el portal de la UFC en español; la primera corresponsal en Latinoamérica.

—Y con ese espacio que ellos me dan en la web yo empiezo a conseguir que de toda la Argentina y de países limítrofes como Chile, Perú o Bolivia, me inviten y me empiecen a pagar pasajes —retoma la periodista—. Porque salir en la página de UFC para ellos era ser validados, existir, ser reconocidos. Entonces yo me paso un par de años viajando por toda Latinoamérica a ver eventos. Fue maravilloso. Más o menos para esa época aparece Facebook, que fue una herramienta re importante. Porque ahí yo me guardaba y pasaba los contactos, y así se empiezan a conocer Chile con Perú, Argentina con Chile, Perú con Argentina, y se empiezan a hacer los primeros eventos interamericanos. Todo esto del 2008 al 2010 ponele. Eso fue furor, viralización; todo crecía todos los días.

Después del éxito inicial, llega la tele. Fue el canal Space, una señal de cable de alcance latinoamericano, especializado en cine de acción y que ya había incursionado en el boxeo, el primero en apostar por los derechos de retransmisión de Strikeforce, promotora de MMA que rivalizaba desde abajo con la UFC. Eran enlatados a los que había que poner el audio en español, y en Argentina estaban las mejores salas de grabación, los técnicos, los equipos…

—Entonces dicen: “Vamos a hacerlo con las imágenes de EEUU, con audio argentino, para toda Latinoamérica”. ¿Y a quién llaman para que ponga la voz? ¡A la que ya estaba! Entonces empecé a narrar, y a hacerme más conocida todavía. Soy la primera voz que habla de peleas, mujer por casualidad, porque no había llegado un hombre antes —relata.

En 2010, la cadena Fox Sports adquiere los derechos para transmitir la UFC en Latinoamérica. Necesitaban una voz calada, que conociera la audiencia y el arte marcial, y la respuesta, como antes fue para Space, era obvia.

—Esa fue la mejor época de mi vida —sonríe Fabrykant; la primera comentarista de la UFC en Latinoamérica.

“Me partió el corazón”

La tribuna del CeNARD está llena hasta la muralla. Hay gente de todas las edades, en su mayoría hombres, que se pasan el mate, graban con el celular y miran en silencio hacia la jaula. Sólo un grupo de Laferrere llegó con un bombo y una trompeta. La mayoría son familias, el padre, la madre y los hermanos, a veces vecinos del barrio, que gritan o lloran de rabia cuando le pegan al hijo, al novio o al amigo.

—Yo pensé que iba a explotar mucho más de lo que explotó al final —medita Fabrykant, que en el año 2012, en pleno apogeo de su carrera como comentarista, decidió involucrarse aún más en el que ya era el deporte de su vida: se subió al octógono, esta vez, como peleadora. Paloma comenta:

—Yo ya había juntado unos años de jiu-jitsu, y para pelear tuve que meter lucha grecorromana. No iba a llegar a aprender todo, porque además laburás y hacés otras cosas. Entonces metí fuerte en lucha, y salía a agarrar a las pibas y llevarlas al piso, porque casi todas las que se empezaban a meter venían muy del kickboxing.

¿Y cómo se manejaba a nivel económico ese entrenamiento?

—No había un mango. Te lo tenías que bancar. Todo lleva algo: el jiu-jitsu lleva un traje, el kickboxing lleva los tibiales y los guantes, tenés que pagar las cuotas de tres gimnasios distintos… Es un deporte muy caro, y la gente de guita todavía lo miraba raro, pero un pibe humilde no llegaba. No es como en el boxeo, que te prestan unos guantes y ya está.

¿Qué tipo de gente llegaba a practicar en esas condiciones?

—Gente de clase media pero loquita —se ríe—. Pibitos que no venían de abajo, pero que les gustaban las cosas medio marginales y querían jugársela; arriesgados.

En la jaula, se ve contraerse el vientre del peleador aplastado contra la lona. Antes del derribo, hubo un descuento de puntos por tratar de agarrarse de la jaula. Reanudaron en la misma posición. El intercambio de grappling es muy técnico y se cruzan las instrucciones de las esquinas: luchan por el dominio corporal, por las articulaciones, por la posición de la cabeza, por el peso del cuerpo…

—De acá los chicos que andan se van a vivir afuera —retoma Fabrykant—. Acá no cerró nunca el círculo de sponsors, televisación y sueldo para el peleador.

¿Por qué crees que no cerró?

—Yo creo que al público argentino no le gustan las MMA. Y yo me maté explicándolas: lo hice en la gráfica, en la tele, de todas las maneras posibles, con un léxico acorde, con una manera gentil. Al público argentino no le gustan. Porque es un público muy europeo, prefiere deportes más elegantes, no sale del fútbol…

¿No hay nada relacionado a la parte más macro de la economía?

—También, pero si hubiera gustado mucho se podría. O sea, somos un país pobre, pero para el fútbol hay todo. Es verdad que la cuestión económica complica todo y sí, el país se empieza a ir al tacho. Pero hay cosas para las que se consigue plata, y para esta no se consigue.

¿Y cómo se explica el éxito de la actual camada de argentinos en la UFC?

—Yo en determinado momento la dejé de seguir, la verdad. Quedarme afuera de todo a mí me partió el corazón. Yo lo había hecho desde que era un bebé todo esto; yo tuve en mi panza las MMA —se ríe y serena—. Pero me rompió el corazón y dije ya está, no miro más UFC.

Salir del gueto

La historia de las MMA en Argentina tiene un hito donde se juntan, quizás, su auge y su decadencia. Se trata de la UFC Fight Night: Ponzinibbio vs Magny, el 18 de noviembre del 2018 en el Parque Roca, Villa Soldati, Buenos Aires. La velada fue encabezada por el platense Santiago Ponzinibbio, acompañado en la cartelera principal por el histórico Guido “El Ninja” Cannetti, y con la participación en las peleas preliminares de un joven Laureano “Pepi” Staropoli.

—Regalaron entradas, no llenaron y no volvieron nunca más —corta Fabrykant, que no tiene una visión optimista sobre el presente de las MMA en Argentina:

—Se armaron un montón de franquicias argentinas —retoma—: Real Fights, Street Fights, Glam Fights, Espartaco Fights, Arrogant Fights; veinte mil franquicias, y se fundieron todas. Todas las que quisieron ir por privado se fundieron.

¿No ha habido iniciativas de regulación?

—Se hicieron varias. Ninguna terminó de generar lo que se hubiera querido, que es que a todos los peleadores les den aptos médicos, les hagan estudios… Al final no anda, y si resulta que un pibe con una jaula quiere hacer un evento chiquito, nadie se lo va a ir a tirar abajo, entonces lo hace y listo.

¿Cuántos gastos implica organizar un evento de MMA?

—Es caro. A los peleadores hay que pagarles bien, porque si no, no te van. Porque el peleador sabe que se va a romper, que va a tener que ir al hospital. El peleador en general labura de dar clases: si después no va a poder dar clases, lo tiene que pensar para subir. A un peleador bueno hay que pagarle una bolsa de 300mil pesos para arriba, de medio palo; si no, no le sirve. Después tenés que pagar médicos, ambulancias, referí, tres jueces; el armado es caro, la jaula es cara. Y no se consiguen sponsors, ese es el tema: siempre termina siendo el que hace guantes, el que hace lycras. Nunca salimos del gueto.

En 2014, desde Fox Sports decidieron cortar la relación profesional con Paloma. En su lugar incluyeron a Walter Queijeiro, periodista de fútbol, practicante de taekwondo y futuro candidato a intendente de Quilmes. 

—En determinado momento me dijeron: «Mira, nos encantó tu laburo, pero me parece que nos conviene más poner dos hombres”. Todavía no había venido el cambio de la marea verde. Además, él (Queijeiro) ya estaba en la estructura, contratado en blanco, y yo estaba en uno de esos grises raros facturando. Besito y adiós.

Las MMA de Argentina, cuentan hoy pese a todo, con un récord de exponentes en el alto nivel: Ailín Pérez, Esteban Ribovics y Francisco Prado engrosan carteleras en la UFC, y Kevin Vallejos llegó a estelarizar y ganar por TKO una velada en Las Vegas.

Paloma Fabrykant, por su parte, presentó el jueves 18 de junio su novela Toda tu furia: la historia de una joven marginada que descubre las artes marciales en los albores de las MMA en Argentina. El libro recorre los tardíos años 90, los primeros eventos de Vale Todo en los 2000 hasta llegar al apogeo de las MMA en el 2010, todo narrado en una original segunda persona singular y cargado de las experiencias corporales de la propia Fabrykant como peleadora.

Autor

  • Periodista freelance y Lic. en Comunicación Social (UBA). Nacido en Viña del Mar, Chile, reside en Argentina desde el 2020. Ha publicado sus artículos en Página 12, ANCCOM y la revista Hecho en Buenos Aires, entre otros medios. También trabaja en el portal Tektónikos y colabora con la revista literaria Desórdenes, de Valparaíso.

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