
BÁSQUET EN EL PROFESORADO
El profe llegaba a la cancha con una bolsa de pelotas. Para ser de básquet era petiso. Pero tenía el cuello largo. Y la nariz entrenada en distinguir lo bueno de lo descartable.
El primer año del Profesorado de Educación Física era una fauna diversa: deportistas y exdeportistas de élite, atletas frustrados, los que no sabían qué estudiar y el resto de los mortales. Rodríguez estaba entre ese resto. Pero con una diferencia: medía dos metros. Y era hipoacúsico.
Después de pasar lista, venía la entrada en calor: trote suave sobre las líneas blancas, talones a glúteos, skipping, desplazamiento lateral. Lo de siempre.
El primer ejercicio: picar la pelota y pasársela a un compañero. Una vez por derecha, otra por izquierda, hasta lanzar al aro. Rodríguez lo había entendido. Pero la pelota se le iba de las manos.
El profe se arremangó el buzo Nike que lo vestía desde que era entrenador y que combinaba con sus zapatillas, pantalón, remera, mochila y hasta con el reloj Nike. Levantó la vista, lo miró fijo y preguntó:
—¿Usted jugó al básquet alguna vez, Rodríguez?
—Sí, profesor.
—¿Y qué le anda pasando?
—No sé, no me sale.
—¿Sabe dónde tiene las manos?
—Sí, sí, eso sí.
—A ver, muéstreme.
Rodríguez levantó los brazos a la altura del pecho, abrió los dedos y mostró. El profe asintió.
—A ver, primer año – dijo el profe mientras aplaudía – hagan silencio y siéntense, por favor. Escuchen lo que les voy a decir.
Los estudiantes dejaron las pelotas, sacaron sus cuadernos y se sentaron en círculo alrededor del profe.
—Lo que natura non da, natura non da. Y hay que saber aceptar. Pero hete aquí, Rodríguez. Dos metros le dio natura, Rodríguez. Ustedes lo están viendo. Dotado desde la cuna por dios y María Santísima con las manos y la estatura que todos y cada uno de los jugadores de básquet anhelaríamos tener. Pero no. Usted es un desagradecido, Rodríguez. ¿Quién se piensa que es para cometer semejante desperdicio?
En ese momento, los aprendices entendieron. El profe era el mensajero.Y su palabra, divina. Se arrodillaron, abrieron la boca, sacaron la lengua y aguardaron el depósito…
¡Es la hostia!
Apuntaron.
Rodríguez, 18 años, dos metros de altura, palancas largas. La cabeza en una zona de promiscuidad, casi obscena. Si dios existiera, Rodríguez podría verlo desde allá arriba. Sin embargo, nada. Ningún resultado. No eran peras ni eran olmos. Ningún fruto. Las manos se movían solas como pajaritos. La pelota se le iba de las manos. No había cuerpo que aguante.
El profesor, aunque petiso, había sido campeón. Podía ver a dios y alcanzar la iluminación.
—Vamos a hacer una prueba, Rodríguez. Agáchese. Apoye esas manos en el suelo. Eso, muy bien. Ahora haga círculos en el piso. Para un lado, para el otro. Bien, bien. Buen muchacho. Ahora párese. ¿Ve la mugre? ¡Eureka, Rodríguez! ¡Milagro! ¡¡¡Esas son sus manos!!! ¡Úselas! Que para eso las tiene.
Rodríguez, dos metros, hipoacúsico, desde ese día escuchó.
Los aprendices del Profesorado de Educación Física apuntaron todo en sus cuadernos.
Sin embargo, a Rodríguez, la pelota igual se le iba de las manos.
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