
YO LO VI JUGAR A OSCAR
Desde tiempos ancestrales, la humanidad ha intentado —y lo sigue haciendo, sin éxito— la inmortalidad.
En la década del 80, el básquet internacional parecía dividido en dos mundos. Por un lado, la NBA, prácticamente reservada a jugadores estadounidenses surgidos de sus universidades. Esos eran los inmortales. Por el otro, el básquet FIBA, donde jugaban los mortales.
La NBA aún no se había abierto a los extranjeros. Eso llegaría después, cuando los dueños del capital descubrieron el negocio de globalizar su talento.
Sin embargo, en 1984, los New Jersey Nets eligieron en la sexta ronda del Draft, en el puesto 131, al mejor jugador del básquet FIBA del momento: el brasileño Oscar Daniel Bezerra Smith.
Oscar, apodado el Mano Santa por su puntería implacable, decidió no aceptar. Jugar en la NBA le habría impedido seguir representando a su selección, algo que en ese entonces no estaba permitido.
Oscar eligió no ser inmortal.
Nació en Natal, Rio Grande do Norte, el 16 de febrero de 1958. Jugó 30 años como profesional en Brasil, Italia y España, además de representar innumerables veces a la verdeamarela. Se retiró en 2003, a los 45 años, con 49.737 puntos convertidos, superando la marca histórica de Kareem Abdul-Jabbar. Ese récord se mantuvo hasta 2024, cuando fue alcanzado por LeBron James.
Participó en cinco Juegos Olímpicos y es, hasta hoy, el máximo anotador histórico de esa competencia con 1.093 puntos. También disputó cuatro mundiales, además de torneos panamericanos y sudamericanos.
Tal vez su logro más resonante fue la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Indianápolis en 1987, cuando Brasil venció en la final al local. Se trató de la primera derrota oficial de un seleccionado estadounidense en su propio país, y acaso el germen de un cambio histórico: la posterior inclusión de jugadores NBA en competiciones FIBA, que desembocaría en el Dream Team de Barcelona 1992.
Si hay partidos que vencen al olvido, uno es ese. Brasil perdía por veinte puntos, pero remontó de la mano de Oscar y terminó imponiéndose 120 a 115. Mano Santa anotó 46 puntos, 35 de ellos en el segundo tiempo.
Un año después, el entrenador de ese equipo campeón, Ary Vidal, visitó Bahía Blanca —capital del básquet argentino— para dar una charla en la Asociación Bahiense.
Tuve la suerte de estar ahí.
Éramos unos cincuenta chicos de inferiores. Esa tarde, además de mostrarnos el video de la final de Indianápolis y explicar el planteo táctico, Ary se detuvo en la técnica de lanzamiento de Oscar. Dijo:
—Miren todo el movimiento que realiza desde que recibe la pelota. Gira sobre su eje, se orienta al aro desde donde esté, flexiona las rodillas mientras eleva los brazos por encima de sus más de dos metros de altura. Ya en el aire, lanza haciendo rotar la pelota en sentido inverso a la trayectoria. Recién después comienza el descenso. Todo ocurre en décimas de segundo. Esa combinación vuelve inútil cualquier defensa. Esto tienen que verlo una y mil veces. Y practicarlo. Practicarlo y practicarlo.
Un par de calendarios más tarde, en 1990 —años de hiperinflación y bolsillos flacos—, Argentina sería sede del Mundial de básquet, con su fase final en el mítico Luna Park.
Era mi oportunidad.
Gracias a un tío —paradójicamente también llamado Oscar— que me “consiguió” un trabajo durante las vacaciones, pude juntar el dinero para las entradas y, con el aporte de mi primo Juan, que me prestó un colchón en su humilde habitación de un hotel en Constitución, donde vivía mientras estudiaba abogacía en la UBA, pude cumplir el sueño.
Viajé en colectivo desde Bahía Blanca. Llegué a Retiro la mañana del viernes 17 de agosto. Pasé por el hotel a dejar la mochila y me fui directo al Luna Park. Tenía entradas para los cuatro partidos del día.
El plato fuerte era el primero: Brasil contra Australia, por las semifinales del 5º al 8º puesto. Ganó Brasil 100 a 93, con 52 puntos de Oscar, que terminaría siendo el goleador del torneo con un promedio de 34,6 por partido.
Luego, Brasil vencería a Grecia, otra vez con Oscar como figura: 44 puntos.
La mañana del sábado, antes de la apertura al público para el partido, los equipos tenían media hora para tirar al aro. Me levanté temprano, compré unas facturas y aceleré hasta el Luna. Me puse a charlar con el canchero, José Vélez —como el cantante—, y le convidé unas medialunas para el mate, intentando convencerlo de dejarme pasar.
Funcionó.
Durante treinta minutos estuve sentado a metros del aro donde Oscar repetía, una y otra vez, ese movimiento perfecto que Ary Vidal nos había explicado. No podía sacarle los ojos de encima.
Era hipnótico. Veloz. Preciso.
En aquellos años circulaban dos mitos sobre Mano Santa. Uno decía que, después de cada entrenamiento, hacía achicar los aros con un suplemento de goma y se quedaba tirando durante horas. El otro, más fantástico aún, aseguraba que la noche previa a cada partido instalaba cilindros invisibles que guiaban la pelota directamente al aro, lo que hacia que sus lanzamientos entraran, literalmente , como por un tubo.
Nunca fueron confirmados. Tampoco desmentidos.
Ayer, Oscar volvió a flexionar las rodillas y a elevarse, como lo hizo más de 30.000 veces en su carrera. Los que lo admiramos —y tratamos de imitarlo, sin éxito— esperamos que, después de lanzar la naranja, sus pies vuelvan a tocar el parquet.
En 1984, Oscar eligió no ser inmortal.
Ojalá haya cambiado de opinión.