Leer
CRECER EN EL CLUB

CRECER EN EL CLUB

Corría el año 1978, Argentina había ganado el mundial de futbol y al año siguiente, ganaríamos el juvenil de la mano de un Diego saliendo de la adolescencia, apenas con 19 años… Todo ese campeonato lo miramos por tele de madrugada, todavía en blanco y negro, no había llegado la televisión a color. Se jugaba en Japón, terminaba el partido, desayunábamos y nos íbamos a la escuela casi sin dormir… toda una aventura.

Para muchos de los que nacimos en los años 68/69/70/ el futbol lo era todo, era nuestro refugio. Recuerdo como si fuese hoy, qué en la época del proceso militar, el clima que se vivía era espeso y complicado, tanto a nivel social como en la casa de uno, veíamos caras largas, hermetismo, temores.

 La dictadura nos agarra, entre la infancia tardía y la temprana adolescencia. Estoy seguro y no creo equivocarme, qué a cada uno de nosotros en aquellos años, nos ha tocado vivir situaciones traumáticas o violentas en las calles por parte de la dictadura genocida, algunos no lográbamos comprender bien lo que pasaba en ese momento, de que se trataba esos episodios… lógicamente en democracia, fuimos atando cabos y nos cayó la ficha de lo que había pasado, y como era esperable, nos sobrevino una gran tristeza.

Para nuestra generación, los clubes de barrio lo eran todo. Era nuestro lugar, ahí respirábamos, nos olvidábamos de todo y soñábamos… con jugar en primera, o con llegar a ser el Diego. Tengo presente ir corriendo, con la pelota al pie, y al mismo tiempo “relatábamos”: “la lleva Maradona, no se la pueden sacar…” o “¡¡¡atajo el Loco o el Pato!!!” nos referíamos a Gatti y Fillol, dos legendarios arqueros de aquella época… seguro a más de uno se le dibujo una sonrisa en este recuerdo.

 Los clubes eran un “mundo” aparte, y cumplían una función social importantísima, que nunca se interrumpió en dictadura, inclusive muchas veces los mismos dirigentes ponían en riesgo sus vidas a manos de los militares asesinos, que veían en las acciones de compromiso social, a potenciales “enemigos de la patria”.

 Las conducciones de los clubes estaban en todas, nos trataban muy bien, nos venían a buscar a casa para jugar la fecha de turno. Recuerdo al padre de un pibe que jugaba en el club, y que pertenecía a la comisión directiva. El hombre, sábado por medio, ponía la camioneta que usaba para sus laburos semanales (recuerdo que transportaba pollos), y nos llevaba a jugar donde fuera, desde el “Unión Del Viso”, Hasta el “Estrella de Maldonado”.

 Éramos mil pibes, todos apretados en la caja de la chata… Estos tipos trabajaban toda la semana para parar la olla en sus casas, y se las rebuscaban para ofrecernos su tiempo e inculcarnos valores solidarios, y de esa forma fuimos felices, gracias al compromiso social de estas personas diría yo.

Casi nunca nuestros viejos venían a vernos jugar… estaban en la incertidumbre de conseguir el mango, estaban en otra, era así. Nos dejaban ir al club o a los potreros, así aprendíamos lo que “era la vida”, desde cagarnos a trompadas por algún encontronazo propio de los partidos, hasta volver abrazados con los amigos que antes, nos habíamos cagado a trompadas… era señal de madurez.

Mi Club, se llamaba “El Alba Futbol Club”, se sigue llamando así, mi hijo también jugo en El Alba…digo mi club, porque lo siento mío. Nos daban las camisetas y medias, los cortos los poníamos nosotros, y podían ser de diferentes colores. Era rara nuestra vestimenta.

Nuestras viejas, lavaban las camisetas y medias para devolverlas impecables los lunes… eran ropas gastadas, que seguramente usaron muchos otros pibes, vaya uno a saber cuántos años tenían esas pilchas, pero cada vez que nuestros D.T. nos tiraba la blanca y verde y nos decían: “pibes, a cambiarse”, se nos hinchaba el pecho… así, como al Diego.

La FAFI era la organizadora de los torneos (Federación Argentina de Futbol Infantil), nos daban trofeos y medallas al final del certamen, tanto a los campeones como a los últimos en la tabla. Eran campeonatos larguísimos y nos sentíamos realmente importantes, con árbitros de futbol, con su reglamento, su vestimenta y sus tarjetas amarillas y rojas, nos trataban de “usted” en el desarrollo del juego… tocábamos el cielo con las manos.

Los clubes de barrio estaban por encima de todo. Cuando algún compañero no tenía dinero para los gastos, el club los ponía. Era común que se cobraba una cuota, era más bien simbólica, jamás la pagábamos y nunca nos hicieron ningún problema. Los clubes fueron muy importantes para nuestras vidas en varios aspectos, pero sobre todo en la cuestión económica.

Muchos de nuestros viejos eran rajados de sus laburos, por los cierres de fabrica que generaba el modelo económico neoliberal que inauguraba la dictadura. Se ponía difícil sostener la mesa, y ahí estaba el club de barrio, para solventar los pequeños gastos que requeríamos para poder asistir a la institución, donde jugábamos los hijos de los obreros, de médicos, de torneros, de gomeros, maestros, etc. Nunca nos exigieron un “curriculum” de ningún tipo para jugar en el club.

DOY FE

A mis 12 años jugando un partido, sufrí un golpe en el tobillo izquierdo, que me genero la formación de un quiste en el cartílago del crecimiento, tuvieron que operarme porque había riesgo de que la lesión se tornara muy seria. Al otro día de la intervención quirúrgica golpearon la puerta de mi casa, eran el presidente “Don Fortunato” y el D.T. Roberto “Lalo” Mariani que me venían a ver y a darme ánimo, diciéndoles a mis viejos que el club estaba a disposición para lo que hiciera falta… mientras escribo estas líneas lo recuerdo con mucha emoción.

UN POCO DE HISTORIA

En el 82´ jugamos de local contra el “Allende” de Villa Devoto. Era invierno, supongo que la guerra de Malvinas había terminado, sabíamos que ellos eran invencibles… nosotros, pibes de barrio que no jugábamos en ningún club de AFA.

La cosa es así, un par de horas antes de jugar, nos enteramos que en ese equipo jugaba Maradona, (el turquito, Hugo) y estábamos fascinados con enfrentarlo. El Alba se llenó de gente como nunca, recuerdo haber visto por primera vez a doña Tota y a Don Diego. El Turquito llego y se subió al tanque de agua del club, a mirar las categorías anteriores, nosotros lo mirábamos a él.

 Esa tarde nos comimos 33 goles, teniendo en cuenta que cada tiempo duraba 20 minutos, nos hicieron casi un gol por minuto… en el medio campo “del Allende” jugaba Fernando Redondo, en defensa el Negro Cáceres junto a Marino y Marcelo Chiarelli en la delantera, estos dos últimos jugaban en Boca, los demás en Argentinos Juniors. En ese tiempo no eran conocidos, pero ya la rompían. Fue una tarde dura para nosotros, no tuvieron piedad. Sin embargo, le habíamos dado la mano a un Maradona.

Nuestro cuerpo técnico y el presidente del club nos despidió con aplausos. Nosotros llorábamos. Había que seguir creciendo.

Autor