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YO SOLO QUERÍA JUGAR EN KIMBERLEY

YO SOLO QUERÍA JUGAR EN KIMBERLEY

A todos nuestros héroes de Malvinas 

    Este cuento tiene su génesis en una escuela, disfrutando de una charla de Darío Gleriano, soldado en Malvinas, uno de los fundadores del Centro de Ex Combatientes en Mar del Plata, jugador de fútbol, hoy residente junto a su familia en Necochea. Su historia me permitió, años después, dar vida e imaginar esta narración, un sentido homenaje futbolero para todos nuestros héroes que combatieron en las islas.   

       Hace mucho frio. Las tripas no paran de quejarse. Extraño el pan con manteca que me preparaba mi vieja cuando volvía de la escuela. Este lúgubre pozo de zorro que habito hace tiempo se parece a esos bancos de suplentes que están como enterrados en la cancha, al borde de la línea de cal, pegados al alambre olímpico.  Apoyo los codos sobre la superficie y miro a lo lejos como la brisa del mar se apodera de cada espacio, como la noche desfigura el paisaje y un silencio casi sepulcral me aturde, me taladra la cabeza.

     Ya casi ni siento las piernas. Un soldado, hace algunos días, me contó que tenía pie de trinchera. Que el dolor lo inmovilizaba, que no podía dar ni siquiera un paso y que ya no soportaba los borceguíes mojados.  Yo le dije que si me pasaba algo que no me dejara volver a jugar al fútbol prefería morir en la isla, no regresar. Me acuerdo cuando en un clásico con los Patasnegras, en cuarta división, en el José Alberto Valle; un marcador de punta musculoso, muy parecido físicamente al Cucho Mascareño, me rompió un tobillo y estuve casi un año para pisar otra vez un campo de juego. Me sacaron en camilla, con el pie derecho colgando, dislocado, hinchado y la media manchada con sangre. Entonces me sentí morir.  Acaso, aquella fue la primera vez.

     En la trinchera perdí la noción del paso del tiempo. Las horas pesan, se detienen, se congelan a su antojo. Es como cuando el árbitro adicionaba cinco minutos más en una final que estabas empatando milagrosamente de visitante y resistías a corazón abierto, con el culo metido en tu propia área, jugándote el pellejo en cada cruce expeditivo, salvador, milagrero.  

    Me miro las manos y no me las reconozco. Las heladas, el barro y el hierro hostil de mi poco confiable Fal de combate me endurecieron la piel y tengo tantos callos como los que tiene mi papá. Extraño su abrazo de oso, sus caricias que me raspaban los cachetes, sus uñas mal cortadas impregnadas de un opaco color ladrillo. Extraño sus manos de lija, de revoque grueso, de pastón a pico y pala.

      Ahora, parece que lo veo a mi papá apretujándome las manos, puteando a un tal Feola, suplicándole que lo termine de una buena vez. Somos parte en la platea descubierta del Mundialista de una escenografía verde y blanca. Faltan veinte, Luque descontó, estamos 2 a 1 arriba. Bacigalup descuelga otro centro y Griguol le pide a Jesús Martínez que enfríe el partido. 

     Mi viejo era hincha de San Lorenzo de Mar del Plata y de River. Admiraba a Mingo Loyola y al Beto Alonso. Recuerdo que no gritó el gol de Cacho Eresuma, acaso nunca le perdonó al goleador santo haber vestido la camiseta de Kimberley. Después me dio un abrazo de oso cuando Agonil estampó el segundo ante un desorbitado Pato Fillol. Allí descubrí, en esos pequeños gestos, la nobleza y el afecto incondicional de un tipo que estaba feliz porque su hijo podía disfrutar de un triunfo heroico del equipo de sus amores ante su River, repleto de cracks, muchos de ellos campeones del mundo un año atrás. Tal vez el todopoderoso se bajó en Rio Gallegos junto a los patéticos curas que bendecían tanques y metrallas. ¿Estará en Buenos Aires sentado a la mesa de los Coroneles y los Generales que inventaron esta estúpida guerra? ¿Andará por las iglesias en las cuales comulgaban todos los domingos los hijos de puta que nos estaquearon como si fuéramos animales? ¿Viajará rumbo a las islas en una fragata inglesa?  

      Un soldado me acerca un cigarrillo mientras se seca la transpiración de su frente y me cuenta una ensoñación que le permitió al menos dormir tres horas seguidas. 

     “Soñé que la guerra terminaba y que todo se definía en un partido de fútbol. Yo era el arquero argentino. Ellos jugaban simple, nunca tenían la pelota mucho tiempo en los pies, se la daban siempre a un morenito que tiraba un centro tras otro para que un nueve corpulento y torpe metiera un cabezazo de gol. Yo salía hasta el borde del área menor y aprisionaba una y mil veces la redondita de cuero que volaba como una granada a punto de estallar. Sobre la hora, un pibe de San Cayetano que jugaba en Estación Quequén sacó un zurdazo potente, como el de Jorge Gáspari en el Gigante de Arroyito en el 78´y nos dio el triunfo. Tras el pitazo final del árbitro nos saludamos respetuosamente y el capitán de ellos, un petizo rubio que jugaba de tres, izó nuestra bandera en reconocimiento a la potestad argentina sobre las islas. Yo, tras el partido, volvía a casa y le llevaba la medalla y un ramo de flores a mi vieja”.  

     Los dos terminamos empapados en lágrimas, abrazados, compungidos. Lo miro a los ojos y le confío que cuando viajábamos hacia Malvinas, mientras dormitaba en el avión, yo también había soñado un partido épico. 

    Faltan dos minutos de un clásico picante con los Patasnegras. El Estadio San Martin está repleto de gente. El Chueco Da Silva le roba una pelota imposible al Toro Abelén, levanta la cabeza y me pone un pase filtrado entre Jorge Fernández y el Chiqui Dorado. Ganó la posición, esquivo una patada de Fernández y corro hasta las huestes del mismísimo Pancho Rago, un tótem de bigotes que se juega el físico y me achica el arco con maestría. Rago espera hasta el último segundo para abalanzarse sobre su presa. Lo miro a los ojos, él sabe que yo sé. Ensayo un gambeta larga y cuando se arroja contra la globa defino de rastrón con mi pie derecho, tres dedos al primer palo del cancerbero rojinegro.  El Quichu Maffioni me abraza en el festejo de gol y siento por fin que soy, al menos por un instante, el pibe más feliz del planeta. 

     De repente, desde el norte, por detrás de una colina chata, un avión surca el cielo malvinense y hace añicos mi historia futbolera. Una bomba cae a pocos metros de mi pozo.  Una ráfaga de fusil repiquetea en las rocas que protegen nuestras trincheras. Horrorizado veo como algunos compañeros vuelan por el aire. Gritos desgarradores, humo y muerte configuran una escena perturbadora, única, indeseable.  

    “Cuando se siente el silbido de un proyectil”- solían contar los soldados que habían regresado de un frente de batalla- “significa que pasa sobre tu propia cabeza, pero cuando deja de oírse es porque viene hacía uno”. Me protejo cuerpo a tierra y avanzo a los saltos buscando un lugar donde estar a salvo del fuego enemigo y poder reponer municiones. Caigo de rodillas, una esquirla atraviesa mi casco. Estoy sin fuerzas. Mis párpados caen pesados y apenas alcanzo a percibir la hierba húmeda sobre mi rostro. 

       Porque ahí estaba solo. Vos que sos futbolero me vas a entender. Solo como en medio de un estadio vacío. Es más, una vez escuché que un escritor decía que no hay nada más vacío que un estadio vacío.  

     Estoy arrodillado en el círculo central esperando caer una pelota que nunca cae y cuando caiga nunca sabré que hacer con ella. Imagino voces, alucino. Algunos canticos llegan desde las penumbras de la popular y me alientan, hablan de coraje, de la patria. Yo apenas puedo ver en la platea descubierta la figura de mi viejo que aún me apretuja las manos y me acaricia el pelo con sus manos callosas. ¿Saben una cosa? Siento que me tiraron a la cancha sin estar preparado, que me hicieron jugar un partido que estaba perdido de antemano. Siento que hice lo que pude, que me jugué la vida en cada pelota dividida, que crecí de golpe, que fui un hombre experimentado con cara de nene. 

      El silencio otra vez me aturde. Ya no percibo la hierba mojada sobre mi frente. Un viento helado recorre mi cuerpo. Un mar sereno aletarga el dolor de un puñado de combatientes que si pueden sobrevivir al espanto. Otra vez me siento morir, como cuando me quebraron en el clásico con los Patasnegras. Creo que un zaguero hostil me robó la pelota y me sacó para siempre del partido más difícil de vida. 

    Porque vos que sos futbolero me vas a entender. Cuando me avisaron que tenía que combatir en Malvinas apenas tenía 18 años de edad, me había enamorado por primera vez y no sabía hacer otra cosa que jugar al fútbol. En realidad, por entonces, yo solo quería volver a besarla y jugar en la primera de Kimberley…

Autor

  • Mario Giannotti. Periodista. Escritor. Profesor de Educación Física. Conductor del programa Doble 5 en Radio Universidad MdP, comentarista en transmisiones de fútbol en Radio Vinilo 89.1

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